La guerra de la independencia


En 1806, Napoleón fracasa en invadir Gran Bretaña y decreta el Bloqueo Continental, que prohibía el comercio de productos británicos en el continente europeo. Portugal, tradicional aliada de Inglaterra, se niega a acatarlo y Napoleón decide su invasión. Para ello elaboró un plan y consigue que el 27 de octubre de 1807, Manuel Godoy, firme con Gérard Duroc, representante de Napoleón, el Tratado de Fontainebleau, en el que se estipula la invasión militar conjunta franco-española de Portugal, para lo que se permite el paso de tropas francesas por territorio español.

Más de 20 000 soldados franceses entraron a España comandados por Junot en octubre de 1807, con la misión de reforzar al ejército hispano para atacar Portugal. Poco a poco las tropas francesas van posicionándose en lugares estratégicos como Pamplona, Barcelona, Figueras, San Sebastián, Burgos, etc. Todo ello ante la pasividad del rey Carlos IV, su primer ministro y las autoridades locales. El pueblo sin embargo comenzó a observarlas como algo amenazante y hacía febrero de 1808 hubo pequeños brotes de rebeldía en varias partes de España, como Zaragoza.

En marzo se produce el Motín de Aranjuez. Carlos IV debe destituir a Godoy y éste tiene que salir del país por temor a morir linchado a manos del pueblo. Obligado por la penosa situación, el rey abdica y Fernando se convierte en el nuevo monarca español. Al conocer Napoleón los sucesos en España, obliga a Fernando VII y su padre, Carlos IV a acudir a Bayona, donde se producirán las abdicaciones de Bayona. En Madrid mientras tanto, Murat solicitó, supuestamente en nombre de Carlos IV, la autorización para el traslado a Bayona de los dos hijos de éste que quedaban en la ciudad, la reina de Etruria María Luisa, y el infante Francisco de Paula. Aunque la Junta se negó en un principio, tras una reunión de urgencia en la noche del domingo 1 de mayo, y ante las instrucciones de Fernando VII llegadas a través de un emisario real desde Bayona, finalmente se cedió. Al día siguiente, 2 de mayo de 1808, se desarrolla la conocida rebelión madrileña, reprimida duramente por el general Joachim Murat.

Varios días después, la Gazeta de Madrid anuncia las abdicaciones de Bayona y a medida que el comunicado va llegando a las distintas ciudades españolas empiezan las sublevaciones en nombre de Fernando VII, como en Valencia el 23 de mayo, cuando el “crit del Palleter” declara la guerra a Napoleón [1].

En Alcalá de Henares, el Regimiento Real de Zapadores Minadores proclamaron preferir morir de hambre a comer el rancho costeado por el dinero francés y decidieron marcharse hacia Cuenca en la noche del 24 de mayo. Al llegar a Villar de Horno recibieron las noticias de la dudosa actitud de las autoridades de Cuenca y decidieron evitarla y dirigirse a Valencia. El 2 de junio llegarían a Camporrobles desde Víllora, y aunque los documentos consultados no mencionan a Mira, es de suponer que pasaron por su término. El regimiento hizo su entrada triunfal en Valencia el 7 de junio, donde la Junta Suprema del ejército de Valencia les dio la gracias, un grado a los oficiales y un premio en metálico a la tropa.

Paralelamente, en Sevilla la Junta local adopta el nombre de Junta Suprema de España e Indias, impulsora del texto considerado como la declaración formal de guerra contra Napoleón emitido el 6 de junio.

Ante la sublevación valenciana, el mando francés manda al mariscal Moncey hacia Valencia. En su itinerario, pasaría por la ciudad de Cuenca el 11 de junio, donde no encontraría ningún tipo de oposición. El mando español conocedor del plan, da la orden al mariscal de campo D. Pedro Adorno de defender el desfiladero de Las Cabrillas, posición muy ventajosa para contener el avance del mariscal Moncey sobre Valencia. No obstante, el general Adorno se dispuso a adelantar la defensa hasta la línea del Cabriel, que poseía tres puentes en un frente de 14 kilómetros: el de Pajazo sobre la antigua carretera de montaña, el de Contreras 1.200 metros al sur y el de Vadocañas unos 12 kilómetros al sur de este último.

Al final Moncey dirigió su ejército al Pajazo, lugar que estaba defendido por 3.500 hombres encuadrados en unidades bisoñas de nueva creación, excepto el 1er. Batallón del Regimiento suizo Traxler nº. 5 (de unos 890 soldados veteranos) al frente de su jefe, el coronel Traxler, y un batallón de Guardias Españolas huido de Madrid al mando del brigadier D. José Ignacio Miramón (de unos 400 hombres). Nada más llegar los franceses a la vista del puente llegaron al mismo un batallón de Voluntarios de Requena con varios artilleros y zapadores escoltando cuatro cañones de grueso calibre enviados por la Junta de Valencia. Don Quintín de Velasco, oficial de ingenieros, construyó con los zapadores a la salida del puente un parapeto tras el cual se asentaron dos cañones apoyados por dos compañías de suizos de Traxler; en las alturas inmediatas se colocaron las otras dos piezas apoyadas por el resto del batallón Traxler, las Guardias Españolas y los Voluntarios de Requena.

El plan de Moncey fue organizar dos columnas de ataque: una contra el puente y otra contra un vado que permitía vadear el río Cabriel al norte del citado puente, lugar que creemos situar cerca de La Calabaza de La Fuencaliente de Mira, donde los antiguos mapas indican un paso. También los franceses colocaron dos cañones y un obús en las alturas que había frente a las tropas españolas para apoyar el ataque de ambas columnas.


El combate duró escasamente una hora. Mientras la artillería francesa neutralizaba con sus rápidas descargas los fuegos de la artillería española, la columna dirigida contra el vado logró atravesar el mismo amenazando desbordar el ala derecha del despliegue español. La posición del puente resultó insostenible. Los paisanos se desbandaron en dirección a Villagordo y Caudete y los Guardias Españoles se retiraron hacia Mira. El 1er. Batallón de Traxler permaneció en su puesto intentando salvar los cañones y proteger la retirada del resto de fuerzas españolas. Las dos compañías desplegadas en apoyo a los dos cañones del puente quedaron rodeadas de enemigos, que les ocasionaron 20 bajas entre muertos y heridos, y les obligaron a rendirse en número de 200 hombres. El resto del batallón, con el coronel Traxler a la cabeza, pretendió seguir las huellas de los Guardias Españoles, pero se extraviaron por las montañas al norte de Utiel y Requena; días más tarde fueron sorprendidos por una fuerza francesa, que les obligó a capitular.

El combate del puente del Pajazo costó a los franceses tan solo nueve bajas entre muertos y heridos [2].

Poco tiempo después, el 22 Julio de 1808, se desarrollaría una de las acciones más conocidas del conflicto, la batalla de Bailén. Su lugar en la historia vino por ser la primera batalla en que las tropas de Napoleón fueron derrotadas en campo abierto. La noticia de la victoria española corrió como la pólvora por toda Europa, siendo un revulsivo para Austria a empezar una nueva guerra contra Napoleón. Todo esto provocó en el ejército español una sobre confianza que trajo consecuencias negativas. Muchos militares españoles se atrevieron a seguir repitiendo la estrategia de combatir a los franceses en campo abierto, sin embargo, especialmente con la entrada de Napoleón en España el 4 de noviembre para dirigir personalmente la contienda, sus mariscales barrieron a las tropas españolas en varias importantes batallas. Un ejemplo de ello fue la batalla de Uclés en enero de 1809.

Las Juntas
Para organizar la resistencia contra las tropas francesas y asumir la administración en los territorios aún controlados por los españoles, se fueron constituyendo por todo el país diferentes juntas de gobierno. En la provincia de Cuenca aparecieron rápidamente varias, como la de Requena en mayo de 1808, aunque en un principio dependiente de la Junta Superior de Valencia. La Junta Superior de Cuenca no se crearían hasta el 22 de agosto, no sin polémica, ya que varias poblaciones no vieron con buenos ojos depender de ella. Un ejemplo de ello fue Moya, que no aceptaría la tutela de Cuenca y prefirió mantenerse en la Junta Superior de Valencia en un inicio, para posteriormente adherirse a la Junta de Aragón, donde también habría territorios castellanos como el de Molina. Por este motivo la Junta se acabó llamando Junta Superior de Aragón y parte de Castilla.

Saqueos y espiral de crueldad
Las ciudades sitiadas por los franceses se convirtieron en verdaderas ratoneras de muerte: tras el asalto venía el saqueo, los robos, las violaciones de las mujeres, los incendios y excesos de todo tipo. De hecho, el saqueo eran parte del sueldo del soldado. Así estaba estipulado para los ejércitos franceses desde la época de la Revolución, y también para los ingleses. Un ejemplo de ello lo tenemos tras la batalla de Uclés, donde las tropas francesas que tomaron la población se empeñaron en un salvaje saqueo, cometiendo todo tipo de tropelías sobre la población local. Las casas y el monasterio fueron saqueados. Los monjes, cargados con angarillas y albardas, sufrieron mofa, los hombres degollados en la carnicería y unas 300 mujeres, primero violadas y, luego, sus clamores fueron acallados quemándolas vivas en la iglesia del pueblo [3].

La actitud del invasor llevó al pueblo español a un enfurecimiento y un odio extremo. En los libros franceses se habla continuamente de soldados masacrados y torturados sin pasión por un pueblo que a la mínima posibilidad desataba toda su ira. La situación mejoró algo cuando el mando francés consideró como combatientes a las tropas irregulares y poco a poco se fueron aplicando las leyes de guerra a los prisioneros de ambos bandos.

Expolios
Durante el conflicto se produzco posiblemente el mayor saqueo y destrucción del patrimonio histórico y artístico de la historia de España. Este afectó notablemente al patrimonio arquitectónico y figurativo, pero también al documental y sentimental. Muchos edificios (iglesias, monasterios, palacios) fueron demolidos por formar parte del sistema defensivo de las ciudades como Zaragoza, Gerona, Cádiz, Alicante, Salamanca o Burgos, pero otros fueron saqueados e incendiados sin más por vandalismo o por venganza. Algunos nunca fueron recuperados y otros por su valor artístico fueron reconstruidos entre los siglos XIX y XX.

La provincia de Cuenca sufrió varios expolios, como el perpetrado a la catedral de Cuenca durante en el agosto de 1808 por las tropas del General Caulaincourt, donde se llevaron todos los trozos de plata de la destruida Custodia de los hermanos Becerril, infinidad de alhajas, lámparas, candelabros y cálices y todo cuanto tuvo a mano para su rapiña, calculándose el saqueo, en más de treinta millones de reales [4].

Las guerrillas
Para los franceses todo comenzó con una simple rebelión de las clases bajas, y los guerrilleros eran simples bandidos, que se ensañaban con soldados solitarios o con los correos, y por ello usaban la palabra "brigands". La mayoría de sus tropas no estaban preparadas, ni militar ni psicológicamente, para este tipo de guerra. No fue hasta 1810 que se empezó a generalizar la palabra "guerrilla", como traducción directa de la descripción francesa: "petite guerre", sustituyendo también al nombre ''partidas''. Junto al pueblo llano, también hubo entre los guerrilleros soldados y oficiales de los ejércitos españoles dispersados en las primeras derrotas. Para un campesino era mucho más fácil formar parte de la guerrilla que del ejército, pues la lucha se realizaba en comarcas cercanas a su localidad y podía volver a casa para la siembra y cosecha. Algunos se negaban, incluso, a combatir en otras provincias [5].

En la provincia de Cuenca, ante la falta de una cultura organizativa para poder formar un ejército regular, las principales fuerzas de lucha contra el francés fueron las guerrillas. Estas se componían entre una mezcla de héroes locos y valientes, junto con indeseables bandoleros. Un ejemplo de ello fueron las tropas rebeldes de Moya comandadas por el capitán Malabia, que en algún momento llegaron a estar compuesta de 500 hombres [6]. El canónigo Trifón Muñoz y Soliva, en su historia de Cuenca, hace un retrato del comportamiento de estas durante la ocupación de la ciudad de Cuenca en 21 de Junio de 1808, describiéndolas como: «chusma sin subordinación ni disciplina, que al color de exagerado patriotismo, se entregaron a detestables excesos y comprometieron la ciudad[7]

Uno de los guerrilleros más famosos del conflicto, fue Juan Martín Díez, más conocido como El Empecinado. Aunque en un inicio sus acciones se extendieron por las sierras de Gredos, Ávila y Salamanca, posteriormente se centraron en las tierras entre Guadalajara y Cuenca. En ellas el principal cometido era dañar las líneas de comunicación y suministro del ejército francés, interceptando correos y mensajes del enemigo y apresando convoyes de víveres, dinero, armas, etc.

La Junta Superior de Aragón y parte de Castilla en la comarca
La Junta se encontraba a principios de 1811 en la localidad turolense de Abejuela, cuando tuvo noticias de la caída de Tortosa, por lo que se tomó la decisión de trasladarse a la villa de Landete. Allí se reanudaron las sesiones el día 14 de enero, permaneciendo aquí la Junta hasta el 3 de febrero, donde un nuevo traslado llevó a la Junta a Utiel donde residiría desde el 13 de febrero hasta el 21 de noviembre de 1811.

La Junta, cuando se desplazaba, lo hacía con todo el aparato burocrático e incluso con los miembros del Tribunal de Vigilancia y casi siempre, también, con la Intendencia. En este caso para mantener en lugar seguro la fabricación y reparación de armas, también se trasladó una armería. El lugar elegido no fue Utiel, sino la población de Mira, desconociendo las razones que llevaron a tomar tal decisión. La fábrica estuvo operativa desde el 3 de marzo hasta finales de noviembre de 1811, y aunque no sabemos su ubicación exacta, podemos especular que pudo instalarse en una herrería del pueblo.

La armería estuvo compuesta por varios operarios bajo la dirección de Mariano Brusi, maestro armero que fue contratado por el General Pedro Villacampa. Con el tiempo también se sumó al grupo un guardalmacén e interventor llamado Pedro Gutiérrez. De las actas de la Junta se desprende que hubo continuas tensiones por los retrasos en los pagos a la armería, hasta el punto de que en varias ocasiones el director de la armería manifestó la intención con dejar la actividad sino se les pagaba con lo pactado. También el ayuntamiento de Mira se quejó, pidiendo a la Junta que trasladara la armería a otro pueblo o bien que se detallaran los pueblos de la comarca que deberían de contribuir con las raciones diarias a los trabajadores y demás, pues ya no podía el pueblo continuarlas sin arruinarse. Sin embargo, la Junta no lo consideró, argumentando que, aunque tener la armería era un gravamen, liberaba al pueblo de hacer otras concesiones de mayor consideración. También se informó que Mira tenía suficientes medios para sostener y facilitar a los operarios de la armería las raciones de pan y etapa, pues solo el molino harinero era capaz de producir 100 caíces de trigo cada año.

Para su actividad, continuos abastecimientos de hierro y carbón fueron necesarios, posiblemente teniendo como origen los pueblos cercanos. De esta fábrica salieron fusiles de chispa para la infantería y tercerolas, un tipo de carabina utilizada por las unidades de caballería, y aunque en la documentación existente no se menciona, seguramente también se produjeron armas blancas y pistolas. Todas ellas tenían como principal destino las tropas del general Villacampa o las del mariscal de campo José Obispo, ambas acantonadas en Moya y Landete, desde abril de 1811 hasta julio del mismo año [8].

Aparte de la armería, la Junta decidió en las primeras sesiones realizadas en Landete, la utilización del monasterio de Nuestra Señora de Tejeda de Garaballa como hospital militar. En su elección varias voces se levantaron en contra, ya que no tenía los techos bajos, era estrecho, estaba lejos del acantonamiento de las tropas y no tenía cerca una gran población. La junta sin embargo, argumentó que la ubicación del hospital era accidental hasta que se viera con más claridad el rumbo de las cosas [9]. Su funcionamiento se extendió desde febrero de 1811 hasta mayo de 1812.

En el Archivo Histórico Nacional existe un interesante expediente del hospital, donde se describe en detalle el tratamiento utilizado a un soldado enfermo de Daroca [10]. Por su interés lo comparto:

En la tarde del día 3 de este mes entro enfermo un soldado de Daroca con una ulcera corrosiva en la pierna izquierda, se quejaba, tenía dolor, su pulso estaba febriciente(?) la lengua húmeda y sin saburra, su temperamento bilioso y según preguntas que le hice no había complicación. Mandé cubrir la ulcera con planchuelas mojadas en la disolución de la goma arábiga y su compresa con el vendaje suavemente conteniendo e interiormente un grano (1) de extracto gomoso de opio por la noche y dieta. En la visita de la mañana del 4 se aumentó el dolor y por consiguiente el movimiento febril. No tenía otra novedad, dispuse (?) 2 granos de dicho opio disueltos en una libra de agua y se le diese en 4 veces, se fomentase con la disolución de dicha goma. La mañana del 5 era más el dolor y tras lo antes dispuesto se lo mandé aumentar un grano de opio y siguiese con lo mismo, por la tarde se apaciguo algún tanto, la del 6 estaba tranquilo pues el dolor se mitigó, pero decía tenía amarga la boca, la lengua estaba con algo de saburra y tenía alguna gana de comer. Mandé se le suministrase en 3 tomas media onza de crémor tártaro (2) a la dieta del caldo le aumente el chocolate doble. La del 7 se hallaba sin dolor y sin aumento de amargor (?) y con gana de comer. Mandé se le suministrase en 3 veces media onza del crémor tártaro al día siguiente y se quitase el fomento, poniéndose a sopa con vino. La mañana del 8 se presentó a supuración y algo de fendez(?) por lo que se suspendió todo por aquel día. La del 9 era más la fendez(?) y le mandé suministrar una libra de tintura de quina en 3 dosis y 2 fomentos con dicha tintura y lo puse a ración, no hubo más novedad hasta el 15 día en que levante el apósito y se halló la ulcera encarnada la que se cubrió con la tela secas y ahora  se está cicatrizando esta ulcera corrosiva, no hizo más progresos porque le impidió el opio con preferencia a la goma arábiga aunque esta también coadyuvó como precisa en estas ulceras pues lo tengo experimentado en esta campaña y observe su aplicación en la última con Francia y en no levantar el apósito, requisito muy necesario y mucho más en hospitales(?) cárceles. [11]

(1)   Grano: medida de farmacopea antigua al igual que la libra de peso y la onza con la siguiente equivalencia:
1 grano: 50 miligramos.
1 libra: 350 gramos.
1 onza: 28,76 gramos.

(2) Crémor tartárico, sustancia usada en farmacopea antigua. 


La batalla del Tollo
El día 22 de agosto de 1812, el gobernador militar francés de la provincia de Cuenca, el general barón de Maupoint, recibió órdenes del mariscal Suchet, ordenando el repliegue de todas las tropas francesas desplazadas por la provincia y salir con destino a Valencia, para unirse a las fuerzas del mariscal.

Pedro Villacampa, estando su división en Landete, tiene noticias de que dicho general francés ha abandonado Cuenca con sus tropas y sigue destino hacia Valencia. Con ello determinó atacarlos, para cuyo fin mandó separar de la División los equipajes y soldados endebles para forzar las marchas que pudiesen ocurrir.

El día 24, después de algunas marchas y contramarchas, consecuentes a las que el enemigo hacía, por desorientar del conocimiento de su verdadera dirección, llegó la División a Mira, en donde supo que el enemigo había pasado el Puente Pajazo, y acampado cerca de Villargordo. Intuyó que el enemigo debía pasar por Utiel y como la marcha que tenía que hacer la División para anticipárseles era larga, dispuso que los soldados dejasen en Mira sus mochilas para mayor desembarazo. La División camino toda la noche, llego al amanecer del 25 a Utiel e intentó tomar posición, pero el enemigo ya estaba muy cerca, motivo por el que no fue posible formarles una verdadera emboscada, reduciéndose solo a ocultar los batallones en unas viñas con el frente paralelo al camino que debían traer para atacarlos por el flanco derecho de su marcha si se conseguía sorprenderlos.

Entre las 6 y las 7 de la mañana aparecieron los franceses con la caballería seguida de la infantería y en el centro dos piezas de artillería. El batallón de Molina abrió fuego contra el primer batallón francés, que encontró una posición ventajosa en un collado, donde dispuso las piezas de artillería. Villacampa acudió con el batallón de reserva en auxilio de los de Molina y detuvo el avance francés, obligándole a retirarse y a dejar un cañón en el campo de batalla. Mientras los de Aragón y los húsares de la caballería cargaron contra los contrarios y decidieron la acción a favor de los españoles.

En cuatro horas, las tropas españolas obligaron a los franceses a batirse en retirada y refugiarse tras las murallas de Requena. En el campo dejaron dos cañones, numerosos pertrechos, munición, intendencia y 126 prisioneros, además de decenas de heridos en Requena y Buñol. La Acción de Utiel le valió a Villacampa ser condecorado con una de las primeras Cruces Laureadas de San Fernando que impuso Fernando VII tras su regreso a España [12].


Final de la guerra
Sobre el 30 de junio de 1813 los franceses abandonan la comarca y el regimiento de Voluntarios de Cuenca se hace con la zona. En octubre, ingleses, portugueses y españoles cruzaron los Pirineos. La guerra prosiguió en el sur de Francia. Hubo combates en el río Nivelle, Bayona, Garris, Orthez, Toulouse y en Bayona. Los soldados españoles realizaron saqueos en las localidades francesas como venganza por los excesos cometidos anteriormente por las tropas francesas en España. Finalmente, el 11 de diciembre Napoleón aceptaba la suspensión de las hostilidades y firmó con el derrocado rey Fernando VII de España el tratado de Valençay, por el que lo dejaba en libertad y lo reconocía como rey de España.


BIBLIOGRAFÍA
[1]     V. M. Colomer, Sucesos de Valencia desde el día 23 de mayo hasta el 28 de junio de 1808 Valencia, 1810.
[2]     P. López, Historia de la Guerra de la Independencia.
[3]     F. Vela Santiago, El desastre de Uclés. 1809, 2015.
[4]     J. M. R. González, «El traidor y la pérdida de la custodia de los Becerril».Voces de Cuenca.
[5]     J. L. G. d. Paz, L a guerra de la independencia en Guadalajara y Tendilla.
[6]     T. Saez, «Los guerrilleros Moyanos,» Revista Moya – Asociación Amigos de Moya, nº 11.
[7]     T. M. y. Soliva, Historia de la ciudad de Cuenca y del territorio de su provincia y obispado, 1866.
[8]     H. L. Rabaza, Actas de la Junta Superior de Aragón y parte de Castilla (1811).
[9]     H. L. Rabaza, Actas de la Junta Superior de Aragón y parte de Castilla (1811).
[10]     Estado de los enfermos de la 4ª división en el hospital militar de Tejeda en la provincia de Cuenca..
[11]     Transcripción con la ayuda de Carlos Javier Gómez Sánchez y Fernando Moya Muñoz.
[12]     M. B. Viana, Historia y anales de la muy leal, muy noble y fidelísima villa de Utiel.

La segunda guerra carlista


Después de la Primera Guerra Carlista, se produce el intento por parte del carlismo de encontrar una solución a sus intereses a través de una propuesta de matrimonio entre el hijo del pretendiente Carlos V y Isabel II, formula que contó con el apoyo de algunos sectores más a la derecha de los moderados. Para llevarlo a cabo, el 18 de mayo de 1845, Carlos V abdica en su hijo, D. Carlos Luis Fernando de Borbón y Braganza, conde de Montemolín, convirtiéndole en el nuevo pretendiente con el título de Carlos VI. Sin embargo, todo quedaría frustrado en el momento que se conoce que Isabel II se casará con Francisco de Assis, provocando que un mes antes de la boda real, el nuevo pretendiente publicará un manifiesto llamando a la lucha armada a favor de sus derechos dinásticos. Paralelamente en Catalunya, hay una fuerte crisis económica de base agraria y industrial, que dejó muchas personas sin trabajo y con un descontento generalizado ante el retorno del sistema de quintas. Todos estos factores, desembocarían en un nuevo conflicto que tuvo lugar fundamentalmente en Cataluña y que se conoce con el nombre de Segunda Guerra Carlista, Guerra dels Matiners o Campaña Montemolista.

El primer levantamiento se produce en septiembre de 1846, cuando un conocido carlista catalán, Benet Tristany, se levanta en Solsona junto a 300 hombres. Varios meses más tarde, el 16 de febrero de 1847, el mismo Benet Tristany, realiza una espectacular acción en Cervera donde logra hacerse con los fondos de varias oficinas públicas al grito de “Viva la Constitución y Carlos VI!”. En poco tiempo el número de partidas carlistas aumentó en toda Cataluña, llegando a unos 4.000 hombres armados a fines de ese año y con una importante complicidad de una buena parte de la población.

Al mismo tiempo, el movimiento carlista intentó difundir la revuelta a otras zonas de España. En la provincia de Cuenca, el 20 de marzo de 1847, las autoridades deciden ante la posibilidad que pudieran aparecer facciones de Aragón o Valencia, reforzar los puestos de la Guardia Civil de La Montilla, Mira, Tragacete, Cañete y Beteta, como una especie de línea avanzada para cubrir las avenidas más sospechosas y tener más concentrada la fuerza para evitar sorpresas [1]. También hubo cierto seguimiento sobre los individuos indultados de la primera guerra, que se calculaba eran alrededor de 600 personas en toda la provincia. Durante ese año no hubo ningún hecho conocido, tan solo noticias confusas como un posible alzamiento en Cañete sin confirmar [2]. Si se registraron casos de carlistas que decidieron marcharse a Cataluña para ayudar la causa, como los conquenses Manuel Giménez y Mariano León que terminaron fusilados en Solsona [3].

Para dar un impulso a la lucha, el 23 de junio de 1848, Ramón Cabrera, a petición del Pretendiente Carlos VI, traspasa la frontera española para insertarse en la provincia de Gerona. Su prestigio en la anterior guerra le facilita el reclutamiento de fuerzas importantes y se pone al frente de las partidas Carlistas de Cataluña, Aragón y Valencia. Sin embargo, no tuvo el éxito esperado, ni siquiera pudo entrar en el Maestrazgo, su bastión en la Primera Guerra Carlista. En la comarca, el conflicto aparece practicamente con la llegada desde Francia de un viejo conocido, el Utieliano Timoteo Andrés, más conocido como “El Pimentero”. Su primera aparición documentada fue en septiembre de 1848, liderando una partida e intentado invadir algunos pueblos del marquesado de Moya [4]. Más tarde se publicaría, que exceptuando Mira, Utiel y Requena, no había población en la zona que se librara de su visita [5], pero al final sus escaramuzas no tuvieron mucho recorrido, a finales de octubre, su facción fue sorprendida en la aldea de La torre de Utiel y tuvo que huir hacia Tarancón. En el mes de marzo de 1849, sería capturado y ajusticiado. Al final ninguna facción llegó a tener éxito, principalmente porque apenas hubo la complicidad de la población, la primera guerra era reciente y prácticamente todo el mundo deseaba la paz.

Una particularidad de esta segunda guerra, fue la participación junto con las partidas carlistas de grupos de ideología republicana. Un ejemplo lo tenemos el 27 de octubre de 1848, cuando unas pequeñas partidas republicanas y de carlistas, rondaban por la zona de la Jorquera en Albacete [6]. Desconocemos el desarrollo de este tipo de movimientos en la provincia de Cuenca.

El 4 de abril de 1849, el Pretendiente fue detenido al intentar entrar en España por la frontera francesa y regresó a Londres. El 23 de ese mismo mes, cruza la frontera D. Ramón Cabrera y finalmente, el 14 de mayo de 1849, cruzaron los últimos carlistas mandados por Tristany. La segunda guerra carlista había concluido.

BIBLIOGRAFÍA:
[1] La Esperanza, 23 Marzo 1847.
[2] El Eco del comercio, 30 Septiembre 1847.
[3] El Heraldo, 5 Abril 1847.
[4] El Católico, 6 Septiembre 1848.
[5] El Católico, 6 Septiembre 1848.
[6] El Observador, 27 Octubre 1848.