domingo, 4 de marzo de 2012

Gil Garcés II de Azagra


Gil Garcés II de Azagra, fue hijo del matrimonio formado por Toda Ladrón y Gil Garcés de Azagra, primer señor de Mira. Tras la muerte de este sobre 1237, obtendría por herencia la propiedad del castillo y la villa de Mira.

Sobresalió como diplomático y administrador, lo que le consagró como conductor de repartimientos y árbitro de litigios fronterizos entre los reinos de Castilla y Aragón. En 1257 realizó un nuevo repartimiento en Moya encargado por Alfonso X.

Aparte de poseer el castillo de Mira, en 1258 compra por 4000 maravedís Gavá y Viladecans en Cataluña, y en 1260, el rey Jaime I le cede el castillo de Perpuchent a cambio del castillo de Planes, dominio que el monarca le había concedido con anterioridad.

En un momento todavía no determinado, el castillo y la villa de Mira quedan fuera de sus dominios y pasan a manos del rey Fernando III de Castilla.

En 1273 Gil Garcés II ya había muerto. Al no dejar descendientes legítimos, dejaría dispuesto en su testamento liquidar sus castillos y propiedades para saldar sus deudas materiales y morales.


BIBLIOGRAFÍA:

- Una cruzada, un noble y un castillo en la frontera de Moya. Guillermo de León y Luís Mombiedro. 
El Señorío de la Vall de Perputxent (Siglos XIII-XIV). Enric Guinot Rodríguez.
- Itinerari de Jaume I el Conqueridor. de MIRET I SANS, JOAQUIM

jueves, 1 de marzo de 2012

Mira, la aragonesa


Según la cartografía de los siglos XVII y XVIII, a pocos kilómetros de Tauste, una de las históricas cinco villas de Aragón, hubo una población llamada Mira. Estudios arqueológicos realizados en la zona han relacionado este lugar con una antigua torre de vigilancia donde se han encontrado diversos materiales islámicos. Actualmente existen topónimos como el caserío de Mira o el Saso de Mira que mantienen la memoria de este lugar desaparecido.

Saso de Mira. Fotografía de Eduardo Ramón


BIBLIOGRAFÍA:

Item a Caesarea Augusto Beneharno. Isaac Moreno Gallo.
- Institut Cartogràfic de Catalunya.

lunes, 2 de enero de 2012

La historia de Mira, edición 2012


Como regalo para este nuevo año 2012, quisiera ofrecerles la segunda versión del libro “La historia de Mira”, trabajo que recoge la totalidad de artículos que se han ido publicando en esta bitácora hasta el día de hoy. Todavía no están todos los que son, ni son todos los que están, aún quedan muchos documentos por descubrir y muchas historias que explicar, pero sin duda ayudará a dar a conocer un poco más la historia de un municipio de cuyo nombre muchos conocemos; Mira.

 El libro se encuentra disponible de manera gratuita en los siguientes formatos:


Notas: 
  • El libro de la historia de Mira es una obra inacabada, al ser editada de forma digital, pretende ser un ente vivo que vaya creciendo y cambiando al mismo tiempo que se vayan descubriendo nuevas informaciones.
  • Los artículos que vayan apareciendo en el 2012 no serán añadidos hasta la siguiente edición completa de las próximas navidades.

martes, 27 de diciembre de 2011

El caso de adulterio y derecho de asilo de 1627


El adulterio se define como la relación carnal entre una persona casada y otra no casada o entre dos casados en distintos matrimonios no disueltos. Durante muchos siglos estuvo considerado como un delito grave y como tal fue castigado con las más severas penas, cuya gravedad varió en función de la época y de los territorios contemplados.

Gracias a los documentos guardados en el archivo diocesano de Cuenca, conocemos los detalles de un caso singular ocurrido en Mira. Esta historia se inicia en el verano de 1627, cuando el molinero del pueblo, Martín Sanz, acusa a su mujer Ana de Ruescas y a Juan García Lázaro de adulterio. Días después, el viernes 30 de julio de aquel año, se llevó a cabo el juicio, y los alcaldes ordinarios Diego Ruiz Jubera y Vicente García, hallaron culpables a los acusados del delito de adulterio y dictaron sentencia ordenando que se construyera un cadalso en la plaza pública de la población (posiblemente en la actual plaza del ayuntamiento) y allí fuesen entregados ambos públicamente al marido de Ana para que éste hiciere lo que quisiere de ellos.

A la espera del castigo, Ana de Ruescas fue puesta en prisión en casa de Mateo Sánchez Domínguez «con prisiones a los pies, cadena y grillos» y a Juan García, su amante, lo pusieron preso en casa de Miguel Sánchez.

Según el testimonio de Cecilia Sánchez, mujer de Mateo Sánchez Domínguez, una mañana, mientras su marido había salido temprano para trabajar en el campo, oyó a Ana que la llamaba y cuando acudió le dijo que quería confesar. Cecilia le contestó que no podía ser si no lo autorizaba la justicia. Al día siguiente, mientras Cecilia estaba amasando pan, se presentó en dicha casa el vicario don Pedro Ferrer, en compañía del sacristán Juan Ferrer, diciendo que venía a confesarla. Cecilia le dijo que no podía pero Pedro la llamó y Ana «bajó» (por lo visto estaba recluida en algún piso superior de la casa y a pesar de las cadenas podía moverse con cierta facilidad) y comenzaron a hablar. Ana le recriminó su tardanza a lo que el vicario argumentó que no había ido antes «por ser el caso que era». Cecilia comprendió que debía acceder a que don Pedro la confesase y lo consintió pero apremiándoles con la excusa de que «la masa ya está en el horno» y se quería ir. Creyendo que Ana se quedaba confesando se retiró de la estancia a sus quehaceres para dejarlos a solas en confesión. Al poco rato le pareció ver una sombra que cruzaba por la casa y salió para ver qué ocurría. Sorprendida y asustada pudo comprobar que no estaban ni Ana ni el vicario. Entonces empezó angustiada a llamarla a voces por la calle pero nadie le respondió. Una pequeña niña le dijo que Ana había ido a la iglesia. Cecilia se fue inmediatamente a casa del teniente de alcalde Juan de Barea para informarle de lo ocurrido.

Según las declaraciones del vicario, este se encontró a Ana de Ruescas dentro de la iglesia pidiendo protección. El vicario la metió en la sacristía vieja de dicha parroquia («que está debajo del altar mayor») con la ayuda de Juan Ferrer, el sacris­tán. Allí ella le manifestó que estaba presa por adúltera y que la habían condenado a muerte. Al poco rato irrumpió en la iglesia «con mucha cólera y enojo» el teniente de alcalde Juan de Barea, el cual tomó a Ana y la sacó por la fuerza,  quebrantando así el derecho de asilo de un edificio religioso, por el cual se ofrecía protección segura a determinados delincuentes, criminales y deudores, ya fuera frente a la venganza de sus víctimas o de la ley.

El día 5 de agosto (tan solo cuatro días más tarde de los luctuosos hechos de la iglesia) los alcaldes ordenaron que se llevara a cabo la sentencia en el cadalso dispuesto en la plaza, prohibiendo que ningún seglar fuese osado de subir a él bajo pena de doscientos azotes. Fueron testigos: Martín Ruiz, alguacil; Bartolomé Conde, Francisco de Fez y Sixto Martínez viejo, todos ellos vecinos de Mira. Se hizo pregón público y Ana de Ruescas fue sacada del lugar donde se encontraba presa con sus «prisiones y cadenas» y entre la expectación y la murmuración del pueblo allí congregado fue atada de pies y manos y entregada a su marido Martín Sanz, quien le tapó los ojos y la degolló «por la garganta». El cuerpo desangrado quedó allí expuesto «un rato» sobre el cadalso en medio de la multitud hasta que la justicia se lo llevó.

Lugar donde posiblemente se llevó acabo el castigo

Varios días después, un juez provisor episcopal mandó encerrar al teniente alcalde Juan de Barea y a los alcaldes ordinarios Diego Ruiz y Vicente García, acusados de haber violado el derecho de asilo de un lugar sagrado. Por su parte el vicario Pedro Ferrer, fue acusado por el santo oficio de haber sacado a una mujer de la cárcel para llevarla a la iglesia, y aunque en un principio fue encerrado en la cárcel de familiares de Cuenca, al final todo quedó en una simple amonestación.

Durante el siglo XVIII las diversas bulas pontificias, los breves y los concor­datos emanados de la Iglesia Católica acabaron por anular de hecho el Derecho de Asilo tal y como fue conocido y aplicado hasta entonces.


BIBLIOGRAFÍA:

Adulterio y derecho de asilo en castilla. El suceso de Mira. José Alabau Montoya.

domingo, 16 de octubre de 2011

Los Castellares


Los Castellares es un yacimiento prerromano situado en un cerro superior, muy próximo a las Hoces del río Mira y a la Hoya Hermoso. Su utilización pudo ser durante el periodo del ibérico pleno, es decir, entre el siglo IV hasta el II-I A.D.C

Los factores que condicionan la función y el establecimiento de un asentamiento ibérico son diversos: posibles vías de comunicación, la topología, la visibilidad, la proximidad a los cursos de agua, los recursos del suelo etc. En el caso de los Castellares todo parece indicar que tendría una función tanto de explotación del medio, como también de carácter estratégico. Su economía pudo basarse en la combinación de la explotación agrícola y pastoreo, u otras actividades como la minería o la recogida de madera. Su carácter estratégico le vendría por estar situado en un punto de amplio control visual y de posibles vías de comunicación naturales.

En la actualidad los restos constructivos son muy escasos, el elemento más destacado es la utilización de una gran roca del lugar como elemento de construcción.

Desde lo alto de Los Castellares las vistas panorámicas son de una inmensidad espectacular: Hoces del río Mira, Hoya Hermoso, montes y pinos, el infinito, el sosiego, la paz.

BIBLIOGRAFÍA:

- Una hipótesis sobre la organización del territorio en época ibérica en la cuenca del río Algarra. Esther Marín Rubio.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Mira al Cielo


Desde la Sierra de Mira no solo podemos ver la población de Mira, sino también a una curiosa estrella con el mismo nombre. Mira es una estrella variable de la constelación de Cetus, «la ballena». Una de las estrellas más notables del cielo nocturno, su magnitud aparente varía entre +2,0 —siendo en ese momento la estrella más brillante de la constelación y visible a simple vista— y +10,1 —visible sólo con telescopios— con un período de 332 días. Ello ha dado origen a su nombre, Mira, procedente del latín mira, «maravillosa, asombrosa».

Historia de su observación
Puede ser que la variabilidad de Mira fuera ya conocida en la antigua China, Babilonia y Grecia. Lo que es seguro es que la variabilidad de Mira fue registrada por el astrónomo David Fabricius desde el 3 de agosto de 1596. Al observar el planeta Mercurio, Fabricius necesitaba una estrella de referencia para comparar posiciones, escogiendo una estrella de tercera magnitud cercana antes inadvertida —Mira—. Sin embargo, hacia el 21 de agosto el brillo de la estrella había aumentado una magnitud, mientras que para octubre de ese mismo año no era ya visible. Fabricius supuso que era una nova, hasta que la vio de nuevo el 16 de febrero de 1609.

En 1638, Johann Holwarda determinó el período de las reapariciones de la estrella en once meses; a menudo se atribuye a este astrónomo frisio el descubrimiento de la variabilidad de Mira. En la misma época, Johannes Hevelius observó la peculiar estrella, denominándola «Mira» —en el sentido de «maravillosa» o «asombrosa»— en la Historiola Mirae Stellae de 1662, pues su comportamiento se apartaba del de cualquier otra estrella conocida. Ismail Bouillaud estimó su período en 333 días, lo que supone menos de un día de diferencia respecto al período actualmente aceptado de 332 días.

Animación realizada por la Nasa de la estrella Mira

Hay una considerable especulación sobre si Mira había sido ya observada antes de Fabricius. La historia de Algol (β Persei) —con seguridad conocida como variable en 1667, aunque distintas leyendas muestran que había sido observada desde milenios con recelo— sugiere que Mira pudiera haber sido conocida en la antigüedad. Karl Manitius, traductor del Comentario en Aratus de Hiparco de Nicea, sugiere que ciertas líneas de aquel texto del siglo II a. C. pueden versar sobre Mira. Otros catálogos, como los de Ptolemeo, Al-Sufi, Ulugh Beg y Tycho Brahe no la mencionan, ni siquiera como estrella «normal». Existen tres observaciones de archivos chinos y coreanos, de 1596, 1070 y 134 a. C. —el mismo año que Hiparco de Nicea habría hecho sus observaciones— que sugieren que la estrella podría ser ya conocida en aquellas épocas.

Actualmente, Mira es el prototipo de una clase de variables que llevan su nombre, las variables Mira.


BIBLIOGRAFÍA:

- Wikipedia, 
artículo sobre la Estrella Mira.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La visita de un insigne botánico alemán


Heinrich Moritz Willkomm fue un insigne botánico y geógrafo alemán, sobre todo conocido por ser el autor junto al botánico danés John Lange del “Prodromus Florae Hispanicae...”, que vio la luz entre los años 1861 y 1880 y que aún hoy es considerada la mejor contribución de su género para la Península Ibérica.

Tras doctorarse en Filosofía por la Universidad de Leipzig en 1850, viaja por segunda vez a la Península Ibérica donde durante 9 meses recorre el centro y el norte del país. Durante un viaje desde Valencia a Madrid, pasando por Cuenca, tiene la oportunidad de pasar por la población de Mira, dejando por escrito los siguientes comentarios:

"Ya las primeras crestas de la Serranía, que se elevan cerca de los Corrales, están cubiertas de pinos; pero aquí los bosques aún son muy raros y las grandes superficies sin ningún pino. Después de subir y cruzar varias hileras de colinas llegamos a una meseta cubierta de trigales y rodeada de elevaciones cubiertas de bosques, donde está situado aislado y desierto el pueblo de Camporrobres al pie de una colina árida, desnuda y coronada de ruinas de un castillo moro.


Después de tomar una comida simple y poco apetitosa en la única y malísima posada seguimos nuestro camino; nuestra ruta nos llevaba otra vez por una meseta accidentada cubierta de sotos de pinos y matorrales bajos, que estaba limitada hacia el oeste por una cadena de colinas con cumbres escarpadas. Después de un paseo a caballo de cuatro horas llegamos hacia las seis al hondo valle del río Moya, un claro río de la Serranía y desemboca en el Cabriel. Una visita extraordinariamente hermosa me sorprendió agradablemente. Las abruptas vertientes, con puntas grotescas del muy ameno y retorcido valle, están cubiertas pintorescamente con matorrales y árboles frondosos, las faldas interiores con terrazas, al igual que la parte valenciana, la vaguada cultivada y cuidada.


Por todas partes lucían campos de cáñamo de un verde oscuro y de un verde claro, brillantes campos de maíz, rodeados de nogales y morales (moreras). Enfrente de nosotros se elevaban las casas en forma de terrazas en un tramo muy grande por la vertiente abrupta del pueblo de Mira, dominado por enormes peñascos de asperón. Hacia arriba pronto se estrechaba el valle en una garganta oscura y boscosa, que finalmente parecía cerrada por montañas más altas cubiertas con bosques de tupidas coníferas. El camino bajaba rápidamente en zig-zag desde la abrupta vertiente hacia la orilla del río, salvajemente espumante, que acciona varios molinos. Uno piensa aquí encontrarse en medio de una sierra muy importante, pues las paredes del valle parecen inmensas cumbres montañosas.


Ya que la posada de Mira no ofrecía un aspecto apetitoso y nos habían dicho que el siguiente pueblo, Villora, distaba sólo dos leguas, sin perder el camino, me decidí llegar hasta allí."


BIBLIOGRAFÍA:

- Wikipedia, artículo de Heinrich Moritz Willkomm
- Wanderungen durch die nordöstlichen und centralen Provinzen Spaniens ... aus dem Jahre 1850. Heinrich Moritz Willkomm.
- "Viajeros por la Historia. Extranjeros en Castilla-La Mancha. Cuenca" de Ángel Villar Garrido.