La primera guerra carlista



La muerte del Rey Fernando VII sin hijos varones, trajo a España grandes problemas sucesorios que se unieron a los problemas de inestabilidad política. La existencia de una única hija, Isabel, impulsó al rey a derogar la Ley Sálica, establecida en España en 1705, que impedía a las mujeres el acceso al trono. Su hermano Carlos María Isidro, hasta entonces su heredero, se refugió en Portugal y se negó a reconocer a su sobrina como heredera. A la muerte del rey en 1833, se proclamó reina a Isabel II, que era menor de edad, bajo la regencia de su madre María Cristina. Casi inmediatamente los partidarios del príncipe Carlos se sublevaron en varias provincias españolas dando lugar a la Primera Guerra Carlista.

El conflicto dinástico no dejó de ser un catalizador de un problema social que hacía tiempo se llevaba gestando, no solo en España, sino en varios países europeos. Por un lado estaban las ideas liberales, que propugnaban por la búsqueda de un nuevo régimen político que combinara la libertad y la modernidad, y por otro lado las ideas tradicionalistas,  que defendían mantener los valores del antiguo régimen, como la monarquía tradicional absolutista o el catolicismo conservador entre otros. Ninguno de los dos bandos fue homogéneo, pero a grandes rasgos, el bando liberal Isabelino estuvo compuesto por altos cargos de la administración estatal y provincial, ejército, clase media, hombres de negocio, ilustrados, masa popular urbana y la alta nobleza. El carlismo por su parte consiguió apoyo especialmente en las áreas rurales. En sus filas se encontraban realistas, absolutistas, parte de la nobleza rural, importantes sectores del clero bajo y medio y una masa popular compuesta por artesanos, pequeños campesinos propietarios y arrendatarios que se vieron negativamente afectados por las reformas de corte liberal [1].

El mismo día 2 de octubre de 1833 en que Fernando VII está siendo enterrado en el panteón real de El Escorial, empieza el levantamiento carlista cuando en Talavera de la Reina (Toledo) el administrador de Correos proclama rey a don Carlos, siendo la revuelta rápidamente sofocada y el administrador de Correos fusilado [2]. El conflicto no se extiende hasta que el coronel Tomás de Zumalacárregui dirige el levantamiento en las zonas rurales de Vizcaya, siendo nombrado el 14 de noviembre de 1833 jefe militar del ejército carlista extendiendo la rebelión por Vascongadas, Navarra y La Rioja. Paralelamente en el Maestrazgo, la zona del interior de Castellón y el Bajo Aragón, se produce el levantamiento carlista en Morella. Las partidas de Valencia y Aragón no tardarían en extenderse por la provincia de Cuenca, por sus condiciones orográficas inmejorables para el desarrollo de guerrillas y por su situación estratégica de paso hacía el centro del país. Ya en 1833, la provincia fue visitada por la facción del carlista Bartolomé Rausell, que pretendía que los mozos de varias poblaciones se alistaran a su partida. En general, la provincia de Cuenca fue leal al bando isabelino, pero hubo un gran número de vecinos e incluso algún ayuntamiento que apoyó el bando carlista. También hubo casos de pueblos que transigieron con los carlistas a cambio de su seguridad.

El ejército regular tenía bastantes problemas para dar respuesta a las numerosas partidas carlistas, de este modo el gobierno se vio obligado a reconstituir la Milicia Nacional, que básicamente era la creación de compañías de defensa ciudadanas. Posteriormente en 1835, se cambió la denominación y pasaron a llamarse Guardia Nacional. Varias compañías se crearon por toda la provincia para defender las poblaciones, como en Minglanilla, Camporrobles, Fuenterrobles, Venta del Moro, Caudete, Enguídanos, La Pesquera o Mira entre otras.

El 4 de Julio de 1836, tenemos el primer suceso documentado en Mira, cuando el comandante de la Guardia Nacional del pueblo, Don Antonio Fuentes Palencia, dio parte al Gobierno Civil de la captura en la casa del Charandel, de tres forajidos de el Campillo de Alto-Buey con los sobrenombres de Pitorro, Garrafa y el Moreno, pertenecientes a la gavilla de facciosos de Trones y Perejil [3].

Como toda guerra y especialmente siendo un conflicto desarrollado en un mismo país, fue dura y cruel. Ambos bandos recurrían a las poblaciones para proveerse de víveres, creando graves necesidades entre la población civil. En el caso de bando isabelino, tanto el ejército regular, milicias o las partidas volantes, podían pedir víveres a las poblaciones, y aunque en principio debían seguir cierto protocolo para ello, no evitaría que se pudieran cometer excesos, especialmente con individuos, familias o poblaciones que tuvieran o hubiesen tenido relación con el bando contrario. Los carlistas por su parte, siempre vivieron en la penuria, aunque el infante Carlos consiguió varios créditos, cuyo importe permitió adquirir algo de equipamiento, lo demás prácticamente salió de contribuciones forzosas. Como ejemplo, en la primavera de 1837, un batallón carlista robó más de 1000 carneros en Mira, marchando con ellos a Chelva, donde les sirvieron de comida durante un tiempo [4]. Aparte de víveres, el bando carlista también realizó reclutamientos forzosos (obligando a los varones, especialmente jóvenes, a luchar con ellos) y cobros de portazgos. Un ejemplo de lo primero sería el 5 de marzo de 1838, cuando la facción carlista de Vizcarro, entró en Mira, Fuenterrobles y Villargordo, llevándose raciones y algunas personas [5]. De lo segundo, tenemos un caso el 27 junio del 1838, cuando el comandante militar del marquesado de Moya, sabedor de que una partida de 8 facciosos estaban cobrando el portazgo entre Mira y Camporrobles, mandó salir un contingente que logró matar a siete de ellos [6].

Un testimonio longevo
Claudia Huertas fue una mireña que vivió aquella época y nos dejó varios comentarios relacionados con el conflicto en una entrevista realizada en 1929. Con 102 años, rememoró que tenía siete años cuando estalló la primera guerra carlista. Recordaba perfectamente que los vecinos decían que habían levantado partidas el Arcipreste de Moya, Tallada, Forendell o el fraile de la Esperanza. Cada día había tiros y hasta cañonazos, y los carlistas muchas veces invadían el pueblo y cobraban las contribuciones. También recordó que el carlista Cabrera pasó por Mira vestido con una capa encarnada y una boina blanca [7].

Destacados carlistas conquenses

De todos los carlistas que hubo en la provincia, sobresalen dos personajes por su impacto en la comarca: el arcipreste de Moya y el Pimentero. El primero fue José Millán, quien ejerció como sacerdote en varias parroquias en las tierras de Moya, hasta que en 1834 se ofreció para levantar una partida en la provincia. Con el tiempo y según varias fuentes, llegó a ser el jefe de las partidas carlistas en la provincia de Cuenca. El segundo se llamaba Timoteo Andrés, nació en Utiel y fue un auténtico dolor de cabeza en la zona por sus continuas correrías junto con su padre José y hermano Aquilino. Se llegaron a ofrecer 8.000 reales por su captura o muerte.

Las expediciones
Las expediciones carlistas consistieron en varias marchas militares por el país con el objetivo de pretender extender la guerra a otros puntos de la Península y consolidar los carlistas locales de los sitios por las que las mismas transitaban. Aparte consiguieron descongestionar la presión a la que los isabelinos tenían sometido al Frente del Norte y, además, tener ocupadas por un tiempo, en otros territorios, a una serie de tropas a las que costaba mantener y pagar. Las expediciones más conocidas fueron la de Gómez y la Real, y aunque no pasaron por Mira, si lo hicieron por varias poblaciones conquenses. La primera estuvo dirigida por el general andaluz don Miguel Gómez Damas que, entre junio y diciembre de 1836, recorrió diversos espacios de la geografía peninsular. La segunda fue un contingente militar encabezado por el propio don Carlos y que en septiembre de 1837 se presentó ante las murallas de Madrid sin atacarla finalmente.

La paz en el norte
Después de siete años de conflicto, en el norte los generales Espartero por los isabelinos y Maroto por los carlistas, firman el 31 de agosto de 1839 el convenio o “abrazo” de Vergara, poniendo fin a la guerra en norte. Tras ello, el 14 de septiembre de 1839 el pretendiente don Carlos V con los restos de sus tropas cruza la frontera y se interna en Francia. En el Maestrazgo sin embargo el pacto de Vergara se ve como una traición y Cabrera no lo acepta, alargando casi un año más la guerra en varias zonas, entre ellas la provincia de Cuenca.


Febrero 1840. La demolición del castillo de Mira y otros fuertes de la zona
A finales de enero de 1840, Arnau y otros jefes carlistas reunieron varios batallones y  caballería para internarse en La Mancha, con el objetivo de obligar a las poblaciones a proveerles de víveres. Para la provincia de Cuenca este hecho fue desastroso, pues no solo esquilmó los escasos recursos de muchos pueblos y provocando incluso, que varios vecinos se unieran a las facciones carlistas simplemente para intentar comer algo en sus ranchos[8], sino que aparte, varios pueblos perderían parte de su patrimonio histórico. Según Madoz en su diccionario geográfico, el 22 de Febrero, el castillo de Víllora fue quemado y destruido por una guarnición carlista. Pocos días después y posiblemente en relación con lo anterior, la prensa de la época describe que hubo varias deserciones en las filas de Palillos y el brigadier Arnau se encargó de perseguirlos. Uno fue arcabuceado en Víllora y los otros tres fueron alcanzados en Mira. El mismo Arnau reconoció el fuerte de Mira y expresó que no se podía sostener, decidiendo destruir la obra adelantada, aun parte de la antigua o de su castillo y llevarse todo su contenido para Cañete [9]. Sobre las mismas fechas, también las torres de Landete, Aliaguilla y la bonita espadaña de Talayuelas fueron destruidas, sin saber que facción carlista fue la responsable. Tal fue el malestar en toda la provincia por las diferentes acciones realizadas por los carlistas, que el mismo Arnau el 27 de Febrero, desde la plaza de Cañete, emitió un manifiesto donde enunciaba castigar a todos los sujetos que tomando la voz de ser defensores de la causa carlista, habían causado grandes gravámenes e incomodado a los pacíficos habitantes de la provincia [10].

La acción de Mira
Para cambiar la situación de desesperación que se vivía en la zona, a principios de Mayo de 1840, el estado mayor decidió entregar el mando de los distritos de Cuenca, Guadalajara y Albacete, al recientemente ascendido a mariscal de campo, Manuel de la Concha, con la difícil empresa de restituir la paz en la zona. Al no tener a su disposición un gran número de fuerzas, en lugar de dispersar las tropas, las concentró en objetivos muy concretos [11].
 

 El mariscal de campo Manuel de la Concha

Al mismo tiempo en tierras valencianas, los carlistas pierden la población de Alpuente y varios días después, el 30 de mayo, cae la fortaleza de Morella tras dos semanas de asedio. Tras estas derrotas Cabrera da la orden de abandonar la resistencia en el Maestrazgo marchando con los restos de sus fuerzas hacia el norte, mientras recoge a su paso partidas de voluntarios carlistas catalanes.  En la provincia de Cuenca sin embargo continuaba el conflicto, con Cañete y Beteta en manos de los carlistas y varias facciones recorriendo la provincia.

El 1 de Junio 1840 se produce la acción de Mira, cuando el mariscal Manuel de la Concha lanza un ataque sorpresa sobre un grupo de facciosos que guarnecían en el pueblo. Los carlistas reaccionaron rápido, intentando posesionándose en la zona de El Palomar, pero inmediatamente fueron perseguidos por las compañías de cazadores de Plasencia, Sevilla, tiradores del 3. ° Ligeros y otra compañía del mismo dirigidas por el coronel de caballería D. Leandro Quirós (quien se adelantó hasta ponerse a la cabeza de las primeras guerrillas).  Tan solo lograron salvarse siete rebeldes; consistiendo su pérdida total de 103 hombres, de los cuales fueron muertos durante la acción un capitán de miñones, dos subalternos y 18 individuos de tropa, quedando prisioneros los 82 restantes. Entre los prisioneros, estuvo un conocido carlista de la comarca, José Andrés, el Pimentero padre. Su hijo Timoteo pudo librarse al saltar su caballo el rio, junto con otros cuatro [12] (Pocas semanas después, José Andrés moriría en la Fuencaliente de Mira, durante su traslado de Minglanilla a Requena para ser juzgado [13]). Por el bando isabelino, solo hubo un herido y un caballo muerto.

La acción quedó inmortalizada en un dibujo realizado por el coronel Pedro Ortiz de Pinedo, donde se describe con detalle lo ocurrido [14]. Un dato interesante, es que en el croquis no se dibujó ningún tipo de construcción en el cerro del castillo, suponiendo que la demolición realizada por Arnau tres meses antes, suponso el final definitivo de la antigua fortaleza.


Tras el éxito en Mira, Manuel de la Concha esperó de Madrid la artillería necesaria para emprender los sitos de Cañete y Beteta, sin embargo recibió la orden de dirigirse con sus fuerzas a proteger un viaje de la reina. Sería el general Azpiroz, quien a finales de Junio consiguió liberar a Beteta y Cañete de los facciosos. Varios días después, el 6 de julio de 1840, los últimos 10.000 soldados carlistas cruzan la frontera internándose en Francia y las últimas partidas en la provincia de Cuenca se fueron rindiendo en las semanas siguientes. La primera guerra carlista había concluido.

Lista de poblaciones próximas con patrimonio histórico dañado o perdido durante el conflicto
MIRA: Lo que quedaba del antiguo castillo fue destruido
VÍLLORA: Castillo quemado y una parte destruido.
UTIEL: Se quemó el convento de San Francisco y la torre de la Iglesia de la Asunción.
LANDETE: Torre destruida.
ALIAGUILLA: Torre destruida.
TALAYUELAS: Espadaña de Talayuelas destruida. Iglesia y la posada arrasadas.
SALVACAÑETE: Se quemó la iglesia.
MOYA: Partes del castillo dañadas. Patrimonio documental arrasado.
CAUDETE: Iglesia arrasada.



BIBLIOGRAFÍA:

[1]     M. R. Saíz, Las Guerras Carlistas en Tierra de Cuenca, 1994
[2]     F. R. L. d. l. Llave, El primer levantamiento de la Guerra carlista en Talavera de la Reina.
[3]     Gaceta (antiguo BOE) fechado el 12 de Julio, 1836.
[4]     A. C. Salvador, El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840).
[5]     F. A. Y. Descalzo, «http://www.ventadelmoro.org,»
[6]     Eco del Comercio, 21 Junio 1838. 
[7]     La estampa, nº número 66 del 9 abril 1929, 1929.
[8]     Eco del Comercio, 18 Enero 1840. 
[9]     El Correo Nacional, p. 2, 4 Marzo 1840.
[10]     El Correo Nacional, p. 1, 14 Marzo 1840.
[11]     «Biografía Manuel de la Concha,» Revista de Madrid, vol. Volumen 4, 1844.
[12]     El Corresponsal, 4 Junio 1840.
[13]     El Correo Nacional, p. 1, 10 Junio 1840.
[14]     Croquis del sitio de la sorpresa en Mira el 1° de Junio de 1840, Pedro Ortiz de Pinedo.

La Guardia Civil en Mira


Al finalizar la Guerra de la Independencia contra Francia en 1814, la debilidad del Estado hizo que la inseguridad se apoderase de los caminos españoles. En la guerra se había utilizado como método de lucha la guerrilla, lo que provocó que, acabadas las hostilidades, quedasen diseminados por las zonas más agrestes de la península grupos de excombatientes o brigantes, desertores y delincuentes liberados que, inadaptados a la vida civil, hicieron del bandolerismo su forma de vida.

La gravedad del fenómeno hizo que se intentase establecer un cuerpo de policía de ámbito nacional que velase por la seguridad pública, pero no sería hasta 1844 cuando se produce la creación oficial de la Guardia Civil.

La expansión del cuerpo fue una evolución en círculos concéntricos, a través de pasos que abarcaron sucesivamente el ámbito regional, provincial, de partido y finalmente el municipal. En un inicio se establecieron 14 tercios siguiendo las 14 capitanías generales regionales. En una segunda etapa se fue estructurando la fuerza sobre la base de una compañía por provincia. En una tercera, la expansión se llevó acabo sobre los partidos judiciales, para finalmente llegar al nivel municipal.

A mediados de 1870 el número de municipios con un puesto de la Guardia Civil era de 1.609. No sería hasta ya bien entrado el siglo XX, cuando la Benemérita tuvo presencia fija en la mayoría de los municipios españoles.

En la provincia de Cuenca, el establecimiento de la Guardia civil en los municipios fue de forma irregular en el tiempo, seguramente fue debido a que eran los ayuntamientos quienes debían proporcionar acuartelamiento gratuito a la guardia civil y esto estaría condicionado por la situación financiera de las arcas municipales de cada pueblo.

En el municipio de Mira, no se sabe con exactitud cuándo se estableció. Las primeras noticias se obtienen de la prensa nacional de finales del siglo XIX. En 1889, el periódico La República informó que el comandante del puesto de la guardia civil de Mira, dio muerte a un criminal llamado Domingo Hernández en el término de Talayuelas. Cinco años después, en 1894, volvemos a tener una nueva referencia en la prensa, en este caso sería el diario El Imparcial, donde se explica que la Guardia Civil de Mira cruzó varios disparos con un grupo de criminales, resultando herido un guardia civil en el ojo derecho.

Los primeros documentos oficiales que hemos podido encontrar son bastante tardíos, de 1917, cuando en el pleno del ayuntamiento del día 6 de Mayo de mismo año, presidido por el teniente alcalde Luis de Fuentes Navarro, se aceptó el acuerdo de proporcionar acuartelamiento gratuito a la fuerza de la Guardia Civil para el puesto de Mira. Como en ese momento el ayuntamiento todavía no disponía de ningún edificio en propiedad adecuado, se tuvo que alquilar al precio de 300 pesetas anuales el edificio de la calle Calicanto número 10, en propiedad de Toribio Pedrón López, para que lo ocupara la guardia civil.  Este dato crea cierta confusión, pues no concuerda con la memoria de las personas mayores, quienes sitúan el antiguo cuartel en el edificio de la calle Calicanto número 8, es decir, justo al lado. Esto puede ser porque con anterioridad al acuerdo de 1917,  hubo un cuartel en el número 8, o bien porque en aquella época el número 10 correspondía al 8 actual.


Casa de la calle Calicanto número 8 que la gente mayor recuerda como la antigua casa cuartel.

A los pocos meses después del acuerdo de 1917, el ayuntamiento aprueba adquirir mediante compra unos terrenos en el paraje de la Serna. Dos años después, en 1919, el ayuntamiento firmar un acuerdo con el jefe de la Guardia Civil de Minglanilla, donde se acuerda proporcionar acuartelamiento gratuito a la fuerza de la Guardia Civil de Mira en un edificio de nueva construcción, de propiedad de la corporación ubicado en el paraje de la serna (donde está ubicado el cuartel en la actualidad). No sería hasta 1920, cuando finalmente el nuevo cuartel de Guardia Civil quedó inaugurado.

El edificio fue diseñado de forma cuadrangular y con un patio interior centralizado. Contaba con una oficina, un calabozo y varias viviendas para los guardias. Anexo al mismo, había un espacio solo techado en una de sus partes a modo de porche, que podía guardar hasta 9 caballos.

Fotografía del cartel de la Guardia Civil en 1920.

La dotación de efectivos destinados en el nuevo cuartel fue de cinco: un cabo, un guardia de primera y tres guardias de segunda.

En 1933, durante los conflictos de una huelga general anarcosindicalista, volvemos a tener noticias de la guardia civil de Mira gracias a varios diarios nacionales. Sería el 12 de Enero, cuando los disturbios llegaron a Mira al declararse esa misma mañana una huelga general en el pueblo. Según la crónica del diario La Libertad, todo empezó cuando un grupo de huelguista se dirigió a las obras del ferrocarril Cuenca-Utiel, con el objetivo de forzar a los obreros para que abandonasen el trabajo. Algunos se opusieron a ello, produciéndose por este motivo algunos altercados entre ellos. Por fin, al mediodía, consiguieron los manifestantes sus propósitos, y en actitud levantisca volvieron al pueblo. Antes de llegar, les salió al paso la Guardia Civil de Mira, que preguntó a los huelguistas que querían, respondieron estos con una agresión a los guardias, que recibieron una pedrada y varios disparos, resultando dos guardias heridos levemente. Las fuerzas del orden replicaron, hiriendo a dos manifestantes levemente y a uno con extrema gravedad.

Con el inicio de la guerra civil, el cuerpo continuó existiendo en el bando nacional, mientras que en el republicano se le cambió su denominación por el de Guardia Nacional Republicana, para poco después desaparecer al ser absorbido por un nuevo cuerpo de seguridad pública, que unificó diversas instituciones de carácter policial. No tenemos datos de la evolución de este cuerpo en Mira durante este periodo.

Pocos años después del término de la guerra civil, en la serranía conquense aparece con fuerza el fenómeno del “Maquis”. En 1944 fracasa el intento de invadir España por el Valle de Arán por la Agrupación Guerrillera Española, y a partir de 1945, el partido comunista de España cambia de táctica, dedicándose a introducir en España células de resistencia armada. En este contexto aparece la A.G.L.A., Agrupación Guerrillera de levante y Aragón, que llegó a extender su radio de acción por la provincia de Cuenca y alguna zona de Guadalajara. El campamento guerrillero del “Morro del Gorrino” en Salvacañete, fue uno de los focos de mayor actividad en la zona.

El peso de la lucha contra el maquis recayó principalmente sobre la Guardia Civil. El Gobierno preocupado por el fenómeno, amplió el número de puestos especialmente en las zonas afectadas. En la demarcación de Mira se crearon los destacamentos de la Cañada de Mira, Fuencaliente, Rento del Buitre y la del Puente de Enguídanos.

A finales de 1946, se estableció un campamento de guerrilleros en el paraje de la fuente Olmadilla, en el término de La Pesquera. Parece ser que fue la Guardia Civil de Mira quien dio con el lugar, para rápidamente organizar un asalto al campamento con unos 30 hombres. En la operación murieron nueve guerrilleros. Por parte de la guardia civil hubo varios heridos, entre los que figuraban un teniente y un sargento. Posiblemente como consecuencia de este hecho, en los primero días de febrero de 1947, varios guerrilleros se presentaron en la casa forestal del paraje del Pozo la Llave, en el término de Mira, dando muerte mediante ahorcamiento al Guardia Civil Dionisio Alcarria Ruiz.

Ruinas de la casa forestal del Pozo la Llave.

No sería hasta finales de los 40,  cuando el fenómeno del maquis en la zona desaparecería por completo, dejando en la memoria colectiva recuerdos de años muy duros.

En 1959 se produce el Plan de Estabilización económica y una cierta apertura del régimen que irá seguida de un gran desarrollo económico. En este mismo año, dado el aumento del tráfico rodado que se produce como consecuencia del crecimiento económico, se encomienda a la Guardia Civil la vigilancia del tráfico y del transporte por carretera. Se crea la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil que constituye un punto de inflexión en el proceso de la modernización del Cuerpo.

A partir de los años 60 se fueron cerrando progresivamente muchos cuarteles en la provincia de Cuenca, como el cuartel de Salvacañete en 1968, hasta llegar a la actualidad, donde quedan 49 casas cuartel en toda la provincia, entre ellos y esperemos que para mucho tiempo, el de Mira.

BIBLIOGRAFÍA:
- Historia de la guardia civil. Francisco Aguado Sánchez
- AMM, Libros de Actas, signatura: 12/1, sesión 20 julio 1969
- El maquis en España. Francisco Aguado Sánchez.
- Archivo histórico de la Guardia Civil.
- El imparcial, sábado 23 Junio 1994
-.La República, viernes 8 Noviembre 1889
- Fotografía de Eugene Smith

La campaña de Abdarrahman III en 935


Abd ar-Rahman ibn Muhammad, más conocido como Abderramán o Abd al-Rahman III, sucedió a su abuelo Abdallah como emir de al-Andalus en 912 d.C. Hallándose el Estado omeya entonces fragmentado por multitud de rebeldías provinciales, los primeros actos del nuevo emir se encaminaron a reducirlas. Pidió las actas de fidelidad de todos los gobernadores locales, y uno de los primeros en enviársela fue Muhammad al-Anqar, de los Tuyibíes de Zaragoza, con quien el emir omeya empezó por llevarse bien.

Tras su proclamación como califa, en 929, Abdarrahman III confirma como señor de Zaragoza a Muhhamad ibn Hasim al-Tuyibí, sin embargo, este al poco tiempo se negó a participar en la campaña cordobesa contra Osma, al mismo tiempo que recibiría el apoyo de sus vecinos, los señores de Huesca y Barbastro, lo que alarmó al califa. Ante tal situación, el califa decidió iniciar una campaña en la primavera de 935, con el objetivo de asediar a la capital de la Marca Superior, Zaragoza, y conseguir la obediencia de Al-Tuyibí.

Las huestes califales parten de la ciudad de Córdoba el 21 de mayo. El itinerario de ida tuvo una distancia mucho más elevada que la vuelta, prácticamente 100km más. La causa bien pudo ser el propósito de pasar lo más lejos posible de Santabariya, la capital de la cora de Santaver y así evitar problemas previos a la campaña. Cualquiera que fuese la razón, el hecho es que hizo que el ejército pasase por los actuales territorios de la serranía baja conquense y en la comarca Requena/Utiel, mencionando interesantes topónimos y creando la posibilidad que las tropas califales pasarán por el territorio de Mira o muy cerca.

El itinerario de ida descrito por el historiador Ibn Haiyan, fue el siguiente: Córdoba, Mamluha, Balat, Marwan; T.nyusa, ya en la Cora de Jaén (Kutat Yayyan), al-Haniya, en el río Guadalbullón (wadi bulyun), Qastulluna (Casas de Caldona), wadi, acampada o mahallat al-Daym, fortaleza o hisn Sant Astiban (Santiesteban del puerto), aldea o qaryat B.nwan, sobre el Guadalimar (wadi l-Ahmar), Turyilat al-Sayi, Turyilat al-taniya, wadi …., mahallat al-Gudur donde terminaba la cora de Jaén; balat Suf (balazote), en la cora de Tudmir, madinat Santayila (Chinchilla); Qantarat Turrus, sobre el río Júcar (wadi Suqar), en la cora de Valencia (kurat Balansiya), torre o bury al-Qabdaq (Caudete de la Fuentes), al-Batha, cerca de al-Mary; Rub.wa, en el distrito (`amal) de Yahya ibn Abi al-Fath ibn Di-num de la cora de Santaver (kurat Sant Bariya), Landit (landete), Farhan, sobre en río (wadi) Ayit, hisn Billal (fortaleza de Villel), Tiruwal (Teruel), límite del distrito de Santaver (ajir amal Sant Bariya); acampada o mahallat Salis, vecina de la fortaleza o hisn al-Sahla del distrito de los Banu Razin, acampada o mahallat L.nga, vecina de la fortaleza de Calamocha (hisn Qalamusa), hisn al-Rayahin, también en el distrito de los Banu Razin, Mary Taw.b.r, que era una de las alquerías sobre el río (al-wadi), cerca de Daroca (Daruqa); acampada de Mulah (Muel) sobre el río Huerva (nahr Baltas) también en el distrito de Zaragoza, atalayas o tali wart (Cuarte) sobre el río Huerva, a cuatro millas de Zaragoza, y , finalmente, al-yazira, junto al Ebro (nahr Ibruh), a las puertas de Zaragoza.

Para la historiografía de Mira, lo interesante son los dos topónimos sin identificar entre las jornadas de bury al-Qabdaq (Caudete de la Fuentes) y Landit (Landete), es decir, al-Batha y Rub.wa. Ambos lugares son descritos como fronterizos entre sí, el primero formando parte de la división territorial de la cora de Valencia (kurat Balansiya) y el segundo de la cora de Santaver (kurat Sant Bariya). Con estos datos y sabiendo el carácter fronterizo que siempre ha tenido la Sierra de Mira en la historia, se podría especular que la sierra ejerció de frontera natural y que los lugares mencionados podría ser ubicados en diferentes vertientes del sistema montañoso.

A nivel etimológico, algunos investigadores han sugerido que Villarejo Rubio, antiguo caserío situado en Garaballa, podría ser Rub.wa. Otras investigaciones han apuntado una posible relación con las Casillas de Ranera, pedanía de Talayuelas. Para al-Batha sin embargo, no se ha sido capaz de encontrar ningún topónimo relacionado. Personalmente creo, que al-Batha debería ser ubicada en la vertiente sur, sureste, en el triángulo formado por Camporrobles, Sinarcas y Aliaguilla, siendo el Molón de Camporrobles un lugar con bastantes posibilidades. Rub.wa por su parte, estaría ubicada en la vertiente norte, noroeste, en una L invertida entre Mira, Garaballa y Talayuelas, siendo Villarejo Rubio una localización con altas probabilidades, tanto por su ubicación, como por su cierta similitud etimológica. Entre las diferentes opciones para cruzar la Sierra de Mira, el paso por el territorio de Mira sería una opción, pasando por la vega del río Mira, para luego remontar su cauce encajonado, aunque practicable, en dirección noreste hasta Landete.

Otro dato interesante, es que en fechas similares al paso de Abdarrahman III, se produce el final de la ocupación islámica en la fortificación del Molón de Camporrobles. Su abandono queda corroborado por los trabajos arqueológicos realizados por Universidad de Alicante, que confirman la completa ausencia de las características producciones clásicas de época califal, pudiendo ser relacionado con la represión ejercida por el califa Omeya a su paso por estas tierras o sus posteriores consecuencias. Su despoblamiento coincide con la formación de otros asentamientos caracterizados por la  presencia de un material cerámico de gran uniformidad, bien registrado en el cercano Molón II de Mira, que ejercería, desde ese momento, el control sobre la vega y los llanos de la Cañada de Mira.


En resumen, no podemos confirmar el paso de las huestes califales por el territorio de Mira, pero si su carácter fronterizo entre divisiones territoriales, como pasa en la actualidad y como también ha pasado en varios momentos de su historia.

BIBLIOGRAFÍA:
- El califato de Córdoba. Joaquín Vallvé
- Un itinerario de Córdoba a Zaragoza en el siglo X. Jesús Zanón
- Dinámicas de ocupación y transformación del territorio medieval del alto tajo. Joaquín Checa Herraiz.
- El Molón (Camporrobles, Valencia). Un poblado de primera época islámica. A.J. Lorrio, Sánchez de Prado.

El aeródromo de Mira/Camporrobles


En el inicio de la Guerra Civil Española, la mayor parte de las fuerzas aéreas estaban controladas por el bando republicano, lo que le garantizó al Gobierno la superioridad aérea en gran parte del país durante los primeros días del conflicto. La situación cambiaría a partir de julio de 1936, cuando el bando nacional recibe los primeros Junkers Ju-52 alemanes y Savoia SM-81 italianos, y sobre todo con la entrada en servicio en agosto de los cazas Fiat CR-32 y Heinkel He-51. No sería hasta el octubre de 1936, cuando se restablecería un equilibrio de fuerzas entre los contendientes, gracias a la llegada de unos cien aviones soviéticos para el bando republicano. En su mayoría, eran cazas Polikarpov I-15 «Chatos» y Polikarpov I-16 «Mosca», que por entonces eran los más veloces de toda Europa.

A medida que fue avanzando la contienda, ambos bandos se vieron en la necesidad de incrementar el número de aeródromos con el objetivo de dispersar los posibles ataques del enemigo. En la provincia de Cuenca, el bando republicano tan solo contaba con un aeródromo y esto obligó que en un breve periodo de tiempo se tuvieran que construir un gran número de campos de aviación, en muchos casos muy básicos, pero suficientes para permitir el aterrizaje y despegue de los aviones. En este contexto se construyó el Aeródromo de Mira/Camporrobles,

Hay que aclarar que aunque siempre se le llamó oficialmente Aeródromo de Camporrobles, las principales instalaciones; como las pistas y varios edificios, se encontraban en el municipio de Mira, más concretamente en los parajes de El Morterón y El Atascadero de la Cañada de Mira. Entendemos que se llamó así por la proximidad de las instalaciones con el pueblo de Camporrobles y por ser esta población punto importante para el transporte de alimentos y material hasta Madrid. En la localidad terminaba el primer tramo del ferrocarril hasta Madrid, y desde allí, se transportaban todos los alimentos y pertrechos en camiones hasta la provincia de Cuenca, para después cargarse nuevamente en trenes hasta la capital.

Desconocemos la fecha de su construcción, pero si sabemos que el aeródromo ya estaba operativo en Junio de 1937, gracias a un informe de la sección de información del Estado Mayor del Aire del bando nacional. En él un prisionero lo describe como un campo rectangular de 970m de largo por 1115m de ancho, sin pistas balizadas, donde se aprovechaba sin más los excelentes llanos existentes de barbecho y pastizal. También relata que no había una dotación fija de aviones, sino que ocasionalmente estacionaban algunas unidades de bombarderos y de “Natachas”.

Posteriormente, a partir de noviembre de 1937, los acontecimientos de la guerra obligan a realizar varias mejoras en el aeródromo, para que las escuadrillas de la aviación republicana comiencen a llegar por primera vez con fines bélicos para realizar misiones de bombardeo y observación. En ese momento el campo contaría con una caseta de guardia, una estancia para pilotos, una caseta de mando y un pabellón de tropa. Hacia el sur había un polvorín y otras dos instalaciones de este tipo ubicadas en un radio de tres kilómetros.

Fotografía aérea del aeródromo realizada el 26 de junio de 1938

El patrón arquitectónico de los edificios construidos fue calcado en varios aeródromos republicanos de la zona. La caseta de mando del aeródromo de Mira/Camporrobles era igual a la caseta de mando que encontramos en otros aeródromos, como el de Utiel.

Como sistema antibombas se construyó un refugio de ocho metros de profundidad con capacidad para 150 personas y otros seis más elementales alrededor del campo con capacidad para proteger de ametrallamientos. En la cumbre del Molón se situó una caseta de puesto de observación.

En la población de Camporrobles, cuatro casas fueron destinadas para alojamiento de personal con capacidad para 300 personas.

En los primeros meses de 1938 la provincia de Cuenca ya contaba con un total de veintiún aeródromos en servicio. Estos fueron: Mira/Camporrobles, Moya, Fuentelespino, Cañete, Landete, Monteagudo, Aliaguilla, Olmedilla, Motilla, Villanueva de jara, Sisante, Clemente, Villaescusa de Haro, Valverde, Montalbo, Fuentes, Carboneras, Olivares del Jucar, Cuenca, San Pedro Palmiches y Carrascosa. A nivel organizativo, la mayoría de los aeródromos conquenses, el de Mira/Camporrobles incluido, formaron parte de la 7ª Región Aérea Republicana, teniendo como principales sectores Los Llanos, San Clemente y Casas de Ibáñez. Los aeródromos de Landete, Moya o Fuentelespino estuvieron en la 4ª Región Aérea.

Aeródromos en servicio en marzo de 1938

Varias acciones bélicas fueron llevadas a cabo desde el aeródromo de Mira/Camporrobles, siendo la más conocida la que se realizó el 2 de junio de 1938, cuando nueve bimotores Tupolev SB–2 “Katiuskas” y tres cazas PolikárpovI-16 “Moscas” de la 3ª escuadrilla de Grupo 24, iniciaron desde Mira/Camporrobles una importante operación para bombardear el aeródromo de La Cenia (Tarragona), base de operaciones de la Legión Cóndor, que en esos momentos albergaba dos escuadrillas de monoplanos Messerschmitt Bf 109 B, otras dos escuadrillas de biplanos Heinkel He 51, el veterano de Elsa y una patrulla de Junkers Ju 87 y He 45.

Bombardero ruso Tupolev SB–2, conocido como Katiuska.

La operación republicana fue encabezada por el jefe de escuadrilla, Anselmo Sepúlveda, pero antes de llegar a la altura del pueblo de Sant Rafael del Río fueron descubiertos por las baterías antiaéreas, formadas por piezas de 88 y 37mm que defendían la zona. Un Tupolev SB–2 fue tocado y tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en un aeródromo situado entre Castellón y Benicasim. Un segundo bombardero fue derribado cuando sobrevolaba San Mateo. Paralelamente salieron del aeródromo de La Cenia varios BF 109 para rechazar el ataque y perseguir a los republicanos, hecho que causó el derribo de dos aparatos en Torreblanca y Alcora, y dañar a un tercero que consiguió llegar a Sagunto pero con los motores apagados e incendiados. A pesar del fracaso de la operación, los republicanos consiguieron destruir alguna unidad BF 109 estacionada en el aeródromo de La Cenia.

Restos de un BF 109 destruido por los republicanos el 2 de Junio de 1938.

Con el inicio de la Batalla del Ebro, todas las unidades republicanas fueron trasladadas a los campos de aviación de Cataluña y el aeródromo de Mira/Camporrobles aunque en servicio, dejó de ser útil desde el punto de vista estratégico el 25 de julio de 1938.

El 1 de abril de 1939 se da por finalizada la guerra y el mando nacional decide mantener operativos algunos aeródromos, de entre ellos el de Mira/Camporrobles. Un año más tarde, en 1940, se formalizó un contrato de arredramiento con los propietarios de las fincas afectadas por la ocupación. El ejército del aire pagó una renta anual al conjunto de los propietarios de 5.314,24 pesetas. Como ejemplo, Crescencio Sierra Nieto, vecino de Mira y propietario de una parcela en el paraje de El Atascadero de 2.662m², recibió quince pesetas con noventa céntimos anuales.

En 1948 el ejército del aire decidió disminuir el gasto anual y varias parcelas fueron devueltas a sus propietarios, reduciendo el perímetro del aeródromo. Esto causó que se formalizara un nuevo contrato global, reduciendo el alquiler anual a 1814,95 de pesetas

Se supone que entre 1948 y 1956/57 se realizó algún tipo de reformas en el campo. Aunque no hay documentación que lo confirme, varios croquis sin fecha y las fotografías aéreas realizadas por los Estados Unidos en 1956/57, muestran al aeródromo con dos pistas en forma de cruz bien delimitadas con balizas que anteriormente no existían. Es de suponer que fuera consecuencia de la disminución del perímetro realizado en 1948.

Croquis sin fecha con las pistas en forma de cruz.

Fotografía aérea de 1956/57 donde son visibles las pistas en forma de cruz.

El 15 de Julio de 1965 supondrá el fin del aeródromo, cuando la jefatura de la región aérea de Levante decide suprimir el despliegue militar en el aeródromo, cancelar el arrendamiento y devolver las parcelas a sus titulares.

En la actualidad, muchas de las instalaciones han desaparecido por completo: las pistas, los refugios, la estancia para pilotos o el pabellón de tropa, sin embargo hay otras, que aunque en bastante mal estado, todavía son visibles; como el antiguo polvorín o la caseta de mando. Las únicas instalaciones que se mantienen relativamente completas es la caseta de puesto de observación del Molón y una caseta de guardia, actualmente conocida como casilla de Juan Serrano.

Restos del antiguo polvorín

Interior del polvorín

Restos de la caseta de mando. Fotografía de Álvaro García Lava

Puesto de observación del Molón

 Caseta de guardia

Imagen aérea actual con las localizaciones

Según la memoria de los vecinos de La Cañada de Mira, el refugio principal, que fue lugar de juegos y aventuras para muchos niños, estuvo accesible más o menos hasta la década de los años 80, cuando el propietario de la parcela donde estaba ubicado, decidió taparlo para poder plantar más viñas.


BIBLIOGRAFÍA:
-    L' aerodrom de la Senia 1937-39. Heribert Garcia i Esteller
-    La legión Cóndor en 1938. Jesús Salas Larrazábal
-    Historia de la Aviación Española.
-    Archivo histórico del ejército del aire.
-    Varios artículos publicados en el diario Levante por José Ferrer.

De escribanos a notarios


Desde los primeros momentos de la aparición de la escritura, surgida de la necesidad de comunicar, transmitir y dar permanencia a los hechos y pensamientos en las culturas de la Antigüedad, se tiene constancia de la existencia de personas encargadas de escribir para otras. A través, fundamentalmente, de las representaciones artísticas nos ha llegado la imagen, por ejemplo, del escriba egipcio. Sin embargo, para perfilar los rasgos que definen la función notarial desde la Edad Moderna hemos de remontar el estudio de su evolución histórica a la Roma de la época imperial, cuando se desarrolla un tipo de escriba profesional, denominado tabellio, dedicado a la escrituración de los negocios jurídicos de los particulares.

Bastantes siglos después, en el siglo XI, con la rápida extensión territorial de los reinos hispánicos derivada de los avances de la Reconquista y la subsiguiente incorporación de tierras, el resurgir de las ciudades y las transformaciones socioeconómicas experimentadas en el medio urbano, en los reinos de León y Castilla, el estamento de los scriptores profesionales contempló un notable desarrollo. Será desde el siglo XII cuando estos scriptores, que habían protagonizado un incremento sucesivo, empiecen a ser denominados en castellano “escribanos” y sean predominantemente laicos, sobre todo en el espacio urbano.

Un momento importante fue la ordenación notarial llevada a cabo por el Rey Alfonso X el Sabio, con las leyes promulgadas por el Fuero Real y Las Partidas, que asentó la idea de que el escribano no era un simple scriptor profesional, sino el titular de un oficio público cuya actividad quedaba regulada por la ley.

Entre las condiciones para ser nombrado escribano por el rey figuraban tanto las morales como las intelectuales. Debían ser hombres libres, cristianos de buena fe, saber escribir bien y ser conocedores del arte de la escribanía; debían ser legos y guardar secretos sin quebrantarlo excepto cuando podía perjudicar al rey; y ser vecino de los lugares donde ejercían para tener así un mejor conocimiento de las personas que acudían ante él para registrar sus actos.

Una característica de los documentos realizados por los escribanos era añadir un signum. Esta señal era concedida por el rey junto con el título real para que el nuevo escribano refrendase las actuaciones. Cada escribano tenía su signo personal.


Durante los Reyes Católicos, además de lo legislado en Las Partidas, la aprobación del consejo real debería ir firmada al dorso por tres de los letrados que formaban el consejo real. Y una vez recibida esta autorización el rey procedía automáticamente a su nombramiento.

Bajo el reinado de Carlos I se promulgará otra formalidad considerada indispensable, desde ese momento, para ser admitido al examen por el Consejo real y recibir el título de escribano, debía llevar un informe de la justicia del lugar donde residía en el cual se testimoniaba su habilidad y buena conducta. También se permitió la venta del oficio.

Posteriormente Felipe II fijará la edad mínima para poder ejercer el oficio de escribano en veinticinco años. Bajo el gobierno de Carlos II se dispuso que además de la información de legitimidad, limpieza de sangre y edad se justificara por escrito haber permanecido durante un periodo mínimo de dos años en el oficio de un escribano bien seguidos, o alternos, como escribiendo, durante los cuales se iría familiarizando con las fórmulas legales. Sin embargo las leyes, se fueron flexibilizando y adaptando a las necesidades temporales existentes.

Los nombramientos de los escribanos podían ser de varias clases, siendo los escribanos reales y los de número los más habituales: los escribanos reales, podía ejercer la profesión en cualquier punto del Reino y los escribanos de número, antecesores de los actuales notarios, quienes ejercían sus funciones en un enclave (Ciudad o villa) o zona en el que estaban autorizados a actuar. El nombre de esta última clase viene de que, ante las continuas mercedes que de estos oficios de escribanías otorgaban los reyes, las ciudades fueron obteniendo el derecho de limitar el número de escribanos.

La imagen del escribano no fue muy buena hasta el siglo XIX, aparte de las continuas quejas por el excesivo número de escribanos y por las pérdidas de escrituras por no cumplir las leyes sobre inventariado y guarda de los registros de los escribanos muertos, había otra consecuencia que tuvo una mayor incidencia social, y será el elemento que mayor sombra proyectará sobre la figura del escribano: La inversión que significaba la compra de la escribanía, la tenía que amortizar con el cobro del arancel, y esto debió provocar, en más de una ocasión, el cobro de honorarios abusivos, a pesar de la minuciosa legislación que establecía el precio máximo por actuación.

La notaría moderna se inicia durante el reinado de Isabel II con la reforma de la Ley Orgánica del Notariado de 1862, cuando entre varias novedades, se consagra un principio fundamental: los protocolos no son de propiedad privada sino que los protocolos pertenecen al Estado. Esto inicia la red archivística, con el establecimiento, por la misma ley, de los archivos territoriales para protocolos de cierta antigüedad. También durante el mismo siglo la denominación de escribano se deja de usar progresivamente y se afianzará la de notario.

Escribanos en Mira
La referencia más antigua de este oficio la tenemos en los conflictos entre Mira y Requena por los gastos del corregimiento a principios del siglo XV. En ese momento Mira era una aldea de Requena y los mireños mostraron su disconformidad por tener que sostener económicamente los gastos abusivos del Corregimiento, entre ellos la escribanía de cámara que estaba en Requena. El problema se solucionó llegando a un acuerdo en varias condiciones. En lo que respecta a la escribanía, se estipuló que cada vez que el escribano requenense tuviera que ir a Mira a tomar y recibir cuentas del concejo mireño, se le pagara 70 maravedíes por día, no pudiendo emplear más de cuatro días entre ida y vuelta. Si los propios mireños se acercaban a la villa matriz eran eximidos de este gasto.

En 1537, Carlos I concedía la exención a Mira que se constituía nuevamente en villa, pero no sería hasta 1567 cuando tenemos noticias de que en la estructura de oficiales del Concejo de Mira estaba constituida con un escribano, aunque no conocemos su nombre.

No volveremos a tener noticias hasta el catastro de ensenada de 1753, donde se informa que en la villa de Mira cuenta con un escribano de número que ejerce Lorenzo Ferrer Yranzu, con un salario de seiscientos reales hasta mil quinientos reales de utilidad. Nada más sabemos.

En la primera mitad del siglo XIX, dos escribanos mireños serán protagonistas dando fe de certeza en varios documentos tanto en Mira como en pueblos próximos. Uno de ellos, fue Leandro Domínguez García, persona que nació en el municipio en 1777, hijo de Manuel Domínguez y Ana García, ambos también de Mira. Sería a la edad de 26 años, cuando formalizó una petición para presentarse al examen de escribano real, alegando la falta de escribanos tanto en Mira como en pueblos cercanos. Aparte de reunir los requisitos básicos, debió pagar una cuota de 200 ducados de vellón y presentar un expediente de limpieza de sangre. El dato de la cuota es interesante, si convertimos los 200 ducados de vellón a reales, estaríamos hablando de unos 2200 reales aproximadamente. Por aquella época un jornalero podría ganar sobre unos tres reales y medio al día en el mejor de los casos. Esto nos pueda dar una idea de que la profesión de escribano no estaba al alcance de cualquiera. Finalmente su solicitud fue aceptada y el examen aprobado, concediéndole una escribanía como escribano real. De entre los documentos que dio fe de certeza, conocemos uno realizado para el mireño Antonio Martínez Sierra, quien en 1818, presentó una solicitud para poder estudiar cirugía en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos.

Signum de Leandro Domínguez

El otro escribano mireño fue Tomás María Ferrer Sánchez, de cuya persona de momento tenemos poca información. Quizás fuera familiar de Lorenzo Ferrer Yranzu. Solamente conocemos que en 1804 fue admitido como escribano de número. De entre los trabajos realizados, tenemos constancia de un documento de 1822, sobre la venta de un terreno otorgada por Dª María Jiménez, a favor del conde de Salvatierra, marqués de Villora.

 Signum de Tomás María Ferrer Sánchez

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, Mira deja de tener escribanos en el municipio y los mireños tendrán que utilizar los servicios de profesionales de poblaciones próximas, como Tomas Sánchez en Camporrobles o Vicario Sánchez Mura en Landete.


BIBLIOGRAFÍA:
- Breve estudio sobre los escribanos públicos malagueños a comienzos del siglo XVIII. Marion Reer Gadow
- Los signos de los escribanos públicos. Eva Mª Mendoza García.
- "Lo de Mira": De concordias, diferencias, pleitos y segregaciones: Autor: Ignacio Latorre Zacarés
- La figura del escribano. María Jesús Álvarez-Coca González
- Pares. ES.28079.AHN/1.1.5.14.2//CONSEJOS,29429,Exp.2
- Pares. ES.28079.AHN/1.1.5.12.2//CONSEJOS,27468,Exp.83
- Pares. ES.28079.AHN/1.2.5.1//UNIVERSIDADES,1226,Exp.73
- Archivo de Teruel

La Casa Mira de Novelda

La Casa Mira es un espléndido edificio modernista construido en la primera década del siglo XX por Francisco Mira Abad, destacado cosechero y exportador de vino y aceite de Novelda. Un buen ejemplo del modernismo que se desarrolló en la Comunidad Valenciana en el siglo pasado.

La casa está ubicada en la Plaza de San Vicente y consta de planta baja y dos pisos, estando los dos niveles superiores de la fachada realizados de ladrillo cerámico caravista de color rojo, enmarcándose lateralmente por pilastras, separadas por molduras lineales que recorren toda la fachada. Los vanos de las ventanas se presentan con molduras con decoración arquitectónica, y balcones cerrados con antepechos de rejería de hierro de líneas curvas con motivos florales. Siendo de destacar la rejería de las ventanas de la planta baja, en la que prima más el sentido ornamental que el funcional, al estar decoradas con la típica línea ondulada de látigo, propio del “Art Nouveau”.El edificio se remata con un alero corrido decorado con azulejos de motivo floral, apoyados entre ménsulas de madera.

Fachada de la Casa Mira

En el interior, la casa cuenta con dos partes totalmente diferenciadas: la del servicio, más sobria y humilde, y la de los propietarios, más amplia y espaciosa, en la que rezuman los detalles florales, la policromía en las paredes, muebles originales y cortinas de época espectaculares.

Fotografía de Ramiro Verdú

La puerta que da acceso a las estancias más importantes de la casa es de hierro artísticamente forjado con pétalos y policromado, sobre carpintería de madera, diseñado por Anastasio Martínez. A los lados, una pequeña sala y el despacho, con un espectacular mobiliario. Al fondo, en la galería, el resto de espacios de la planta baja: el comedor, la salita de estar y el patio descubierto.


Fotografías de Ramiro Verdú

La escalera helicoidal está perfectamente lograda, con madera de caoba por el pasamanos, mármol blanco de Carrara, madera de nogal para el zócalo, con distintas piezas florales y naturalistas hasta el segundo piso, con hierro fundido y policromado en tonos verdes en la balaustrada. De este modo, se accede a la parte más íntima y residencial de la Casa Mira: dormitorios, gran salón y los complementos: oratorio y sacristía.

En la actualidad sigue siendo de propiedad privada y no es posible su visita.


BIBLIOGRAFÍA:
- http://juanjopaya.es
- Itinerario urbano por la Novelda modernista. Concepción Navarro Poveda, Daniel Andrés Díaz.

Consideraciones arqueoastronómicas de la Cueva Santa

La Cueva Santa se encuentra situada sobre uno de los barrancos de la margen izquierda del río Cabriel, del término municipal de Mira. La cueva fue originariamente lugar de enterramiento, convirtiéndose posteriormente en santuario, semejante a otras documentadas en el mundo ibérico, quedando vinculado a los ritos de paso de clases de edad de las poblaciones próximas.

Contexto arqueoastronómico
La arqueoastronomía es un campo de investigación multidisciplinar. Su objetivo es el conocimiento del desarrollo de la astronomía en las sociedades prehistóricas y de la antigüedad dentro de su contexto cultural. Los objetos de estudio son muy diversos, desde documentos escritos o artístico-simbólicos (como, por ejemplo, inscripciones, pinturas o grabados rupestres) a orientaciones de estructuras arquitectónicas, como templos, tumbas monumentales o cuevas.

No todos los yacimientos son, en principio, objetivos potenciales de este tipo de estudios. En el caso de un monumento religioso, como por ejemplo un santuario, un templo o incluso una necrópolis, podrían tener importancia estos motivos astrales, en una razón directa al grado de importancia que tuviesen los aspectos celestes en el culto.

En este contexto, hay un fenómeno interesante en la Cueva Santa de Mira durante en el solsticio de verano, es decir, cuando el Sol alcanza su posición más alta en el cielo. Sólo un par de días antes y después del 21 de junio, hay que esperar a que el sol esté a punto de ponerse. Entonces, los rayos del Sol se colarán por la entrada de la cueva y avanzarán lentamente hasta el fondo.

 El fondo de la cueva iluminada. Fotografía de Nacho Latorre Zacarés.

Este fenómeno con gran carga metafórica y belleza, quizás no fue en el pasado como lo observamos en la actualidad, pero lo que es cierto es que la cueva muestra una orientación solsticial que pudo tener relación con algún culto: el paso de las tinieblas a la luz del verano, para manejar calendarios o organizar el momento de las cosechas. Esto estaría reforzado no solamente por su orientación, sino también por haber sido lugar de enterramiento y santuario, por su dificultad de acceso y su relación próxima con el agua: el cauce del río Cabriel y el antiguo manantial de aguas termales de La Fuencaliente, ambos actualmente anegados por el pantano de Contreras.

 Luz entrando por la entrada de la cueva. Fotografía de Nacho Latorre Zacarés.

Dicho esto, se ha de poner en manifiesto que no se han hecho hasta la fecha ningún estudio arqueoastronómico con cálculos precisos de orientación, dejando todavía este fenómeno abierto a estudiar y profundizar. Mientras tanto, cualquier persona podrá disfrutar del lugar más enigmático y mágico de Mira.


BIBLIOGRAFÍA:
- Consideraciones arqueoastronómicas sobre el santuario ibérico de la Serreta. Cesar Esteban, Emilio Cortell Pérez.
- La Cueva Santa del Cabriel (Mira, Cuenca): Lugar de culto antiguo y ermita cristiana. Alberto J. Lorrio, Teresa Moneo, Fernando Moya, Sara Pernas, Mª Dolores Sánchez de Prado.
- Fotografías de Nacho Latorre Zacarés.