La guerra de la independencia


En 1806, Napoleón fracasa en invadir Gran Bretaña y decreta el Bloqueo Continental, que prohibía el comercio de productos británicos en el continente europeo. Portugal, tradicional aliada de Inglaterra, se niega a acatarlo y Napoleón decide su invasión. Para ello elaboró un plan y consigue que el 27 de octubre de 1807, Manuel Godoy, firme con Gérard Duroc, representante de Napoleón, el Tratado de Fontainebleau, en el que se estipula la invasión militar conjunta franco-española de Portugal, para lo que se permite el paso de tropas francesas por territorio español.

Más de 20 000 soldados franceses entraron a España comandados por Junot en octubre de 1807, con la misión de reforzar al ejército hispano para atacar Portugal. Poco a poco las tropas francesas van posicionándose en lugares estratégicos como Pamplona, Barcelona, Figueras, San Sebastián, Burgos, etc. Todo ello ante la pasividad del rey Carlos IV, su primer ministro y las autoridades locales. El pueblo sin embargo comenzó a observarlas como algo amenazante y hacía febrero de 1808 hubo pequeños brotes de rebeldía en varias partes de España, como Zaragoza.

En marzo se produce el Motín de Aranjuez. Carlos IV debe destituir a Godoy y éste tiene que salir del país por temor a morir linchado a manos del pueblo. Obligado por la penosa situación, el rey abdica y Fernando se convierte en el nuevo monarca español. Al conocer Napoleón los sucesos en España, obliga a Fernando VII y su padre, Carlos IV a acudir a Bayona, donde se producirán las abdicaciones de Bayona. En Madrid mientras tanto, Murat solicitó, supuestamente en nombre de Carlos IV, la autorización para el traslado a Bayona de los dos hijos de éste que quedaban en la ciudad, la reina de Etruria María Luisa, y el infante Francisco de Paula. Aunque la Junta se negó en un principio, tras una reunión de urgencia en la noche del domingo 1 de mayo, y ante las instrucciones de Fernando VII llegadas a través de un emisario real desde Bayona, finalmente se cedió. Al día siguiente, 2 de mayo de 1808, se desarrolla la conocida rebelión madrileña, reprimida duramente por el general Joachim Murat.

Varios días después, la Gazeta de Madrid anuncia las abdicaciones de Bayona y a medida que el comunicado va llegando a las distintas ciudades españolas empiezan las sublevaciones en nombre de Fernando VII, como en Valencia el 23 de mayo, cuando el “crit del Palleter” declara la guerra a Napoleón [1].

En Alcalá de Henares, el Regimiento Real de Zapadores Minadores proclamaron preferir morir de hambre a comer el rancho costeado por el dinero francés y decidieron marcharse hacia Cuenca en la noche del 24 de mayo. Al llegar a Villar de Horno recibieron las noticias de la dudosa actitud de las autoridades de Cuenca y decidieron evitarla y dirigirse a Valencia. El 2 de junio llegarían a Camporrobles desde Víllora, y aunque los documentos consultados no mencionan a Mira, es de suponer que pasaron por su término. El regimiento hizo su entrada triunfal en Valencia el 7 de junio, donde la Junta Suprema del ejército de Valencia les dio la gracias, un grado a los oficiales y un premio en metálico a la tropa.

Paralelamente, en Sevilla la Junta local adopta el nombre de Junta Suprema de España e Indias, impulsora del texto considerado como la declaración formal de guerra contra Napoleón emitido el 6 de junio.

Ante la sublevación valenciana, el mando francés manda al mariscal Moncey hacia Valencia. En su itinerario, pasaría por la ciudad de Cuenca el 11 de junio, donde no encontraría ningún tipo de oposición. El mando español conocedor del plan, da la orden al mariscal de campo D. Pedro Adorno de defender el desfiladero de Las Cabrillas, posición muy ventajosa para contener el avance del mariscal Moncey sobre Valencia. No obstante, el general Adorno se dispuso a adelantar la defensa hasta la línea del Cabriel, que poseía tres puentes en un frente de 14 kilómetros: el de Pajazo sobre la antigua carretera de montaña, el de Contreras 1.200 metros al sur y el de Vadocañas unos 12 kilómetros al sur de este último.

Al final Moncey dirigió su ejército al Pajazo, lugar que estaba defendido por 3.500 hombres encuadrados en unidades bisoñas de nueva creación, excepto el 1er. Batallón del Regimiento suizo Traxler nº. 5 (de unos 890 soldados veteranos) al frente de su jefe, el coronel Traxler, y un batallón de Guardias Españolas huido de Madrid al mando del brigadier D. José Ignacio Miramón (de unos 400 hombres). Nada más llegar los franceses a la vista del puente llegaron al mismo un batallón de Voluntarios de Requena con varios artilleros y zapadores escoltando cuatro cañones de grueso calibre enviados por la Junta de Valencia. Don Quintín de Velasco, oficial de ingenieros, construyó con los zapadores a la salida del puente un parapeto tras el cual se asentaron dos cañones apoyados por dos compañías de suizos de Traxler; en las alturas inmediatas se colocaron las otras dos piezas apoyadas por el resto del batallón Traxler, las Guardias Españolas y los Voluntarios de Requena.

El plan de Moncey fue organizar dos columnas de ataque: una contra el puente y otra contra un vado que permitía vadear el río Cabriel al norte del citado puente, lugar que creemos situar cerca de La Calabaza de La Fuencaliente de Mira, donde los antiguos mapas indican un paso. También los franceses colocaron dos cañones y un obús en las alturas que había frente a las tropas españolas para apoyar el ataque de ambas columnas.


El combate duró escasamente una hora. Mientras la artillería francesa neutralizaba con sus rápidas descargas los fuegos de la artillería española, la columna dirigida contra el vado logró atravesar el mismo amenazando desbordar el ala derecha del despliegue español. La posición del puente resultó insostenible. Los paisanos se desbandaron en dirección a Villagordo y Caudete y los Guardias Españoles se retiraron hacia Mira. El 1er. Batallón de Traxler permaneció en su puesto intentando salvar los cañones y proteger la retirada del resto de fuerzas españolas. Las dos compañías desplegadas en apoyo a los dos cañones del puente quedaron rodeadas de enemigos, que les ocasionaron 20 bajas entre muertos y heridos, y les obligaron a rendirse en número de 200 hombres. El resto del batallón, con el coronel Traxler a la cabeza, pretendió seguir las huellas de los Guardias Españoles, pero se extraviaron por las montañas al norte de Utiel y Requena; días más tarde fueron sorprendidos por una fuerza francesa, que les obligó a capitular.

El combate del puente del Pajazo costó a los franceses tan solo nueve bajas entre muertos y heridos [2].

Poco tiempo después, el 22 Julio de 1808, se desarrollaría una de las acciones más conocidas del conflicto, la batalla de Bailén. Su lugar en la historia vino por ser la primera batalla en que las tropas de Napoleón fueron derrotadas en campo abierto. La noticia de la victoria española corrió como la pólvora por toda Europa, siendo un revulsivo para Austria a empezar una nueva guerra contra Napoleón. Todo esto provocó en el ejército español una sobre confianza que trajo consecuencias negativas. Muchos militares españoles se atrevieron a seguir repitiendo la estrategia de combatir a los franceses en campo abierto, sin embargo, especialmente con la entrada de Napoleón en España el 4 de noviembre para dirigir personalmente la contienda, sus mariscales barrieron a las tropas españolas en varias importantes batallas. Un ejemplo de ello fue la batalla de Uclés en enero de 1809.

Las Juntas
Para organizar la resistencia contra las tropas francesas y asumir la administración en los territorios aún controlados por los españoles, se fueron constituyendo por todo el país diferentes juntas de gobierno. En la provincia de Cuenca aparecieron rápidamente varias, como la de Requena en mayo de 1808, aunque en un principio dependiente de la Junta Superior de Valencia. La Junta Superior de Cuenca no se crearían hasta el 22 de agosto, no sin polémica, ya que varias poblaciones no vieron con buenos ojos depender de ella. Un ejemplo de ello fue Moya, que no aceptaría la tutela de Cuenca y prefirió mantenerse en la Junta Superior de Valencia en un inicio, para posteriormente adherirse a la Junta de Aragón, donde también habría territorios castellanos como el de Molina. Por este motivo la Junta se acabó llamando Junta Superior de Aragón y parte de Castilla.

Saqueos y espiral de crueldad
Las ciudades sitiadas por los franceses se convirtieron en verdaderas ratoneras de muerte: tras el asalto venía el saqueo, los robos, las violaciones de las mujeres, los incendios y excesos de todo tipo. De hecho, el saqueo eran parte del sueldo del soldado. Así estaba estipulado para los ejércitos franceses desde la época de la Revolución, y también para los ingleses. Un ejemplo de ello lo tenemos tras la batalla de Uclés, donde las tropas francesas que tomaron la población se empeñaron en un salvaje saqueo, cometiendo todo tipo de tropelías sobre la población local. Las casas y el monasterio fueron saqueados. Los monjes, cargados con angarillas y albardas, sufrieron mofa, los hombres degollados en la carnicería y unas 300 mujeres, primero violadas y, luego, sus clamores fueron acallados quemándolas vivas en la iglesia del pueblo [3].

La actitud del invasor llevó al pueblo español a un enfurecimiento y un odio extremo. En los libros franceses se habla continuamente de soldados masacrados y torturados sin pasión por un pueblo que a la mínima posibilidad desataba toda su ira. La situación mejoró algo cuando el mando francés consideró como combatientes a las tropas irregulares y poco a poco se fueron aplicando las leyes de guerra a los prisioneros de ambos bandos.

Expolios
Durante el conflicto se produzco posiblemente el mayor saqueo y destrucción del patrimonio histórico y artístico de la historia de España. Este afectó notablemente al patrimonio arquitectónico y figurativo, pero también al documental y sentimental. Muchos edificios (iglesias, monasterios, palacios) fueron demolidos por formar parte del sistema defensivo de las ciudades como Zaragoza, Gerona, Cádiz, Alicante, Salamanca o Burgos, pero otros fueron saqueados e incendiados sin más por vandalismo o por venganza. Algunos nunca fueron recuperados y otros por su valor artístico fueron reconstruidos entre los siglos XIX y XX.

La provincia de Cuenca sufrió varios expolios, como el perpetrado a la catedral de Cuenca durante en el agosto de 1808 por las tropas del General Caulaincourt, donde se llevaron todos los trozos de plata de la destruida Custodia de los hermanos Becerril, infinidad de alhajas, lámparas, candelabros y cálices y todo cuanto tuvo a mano para su rapiña, calculándose el saqueo, en más de treinta millones de reales [4].

Las guerrillas
Para los franceses todo comenzó con una simple rebelión de las clases bajas, y los guerrilleros eran simples bandidos, que se ensañaban con soldados solitarios o con los correos, y por ello usaban la palabra "brigands". La mayoría de sus tropas no estaban preparadas, ni militar ni psicológicamente, para este tipo de guerra. No fue hasta 1810 que se empezó a generalizar la palabra "guerrilla", como traducción directa de la descripción francesa: "petite guerre", sustituyendo también al nombre ''partidas''. Junto al pueblo llano, también hubo entre los guerrilleros soldados y oficiales de los ejércitos españoles dispersados en las primeras derrotas. Para un campesino era mucho más fácil formar parte de la guerrilla que del ejército, pues la lucha se realizaba en comarcas cercanas a su localidad y podía volver a casa para la siembra y cosecha. Algunos se negaban, incluso, a combatir en otras provincias [5].

En la provincia de Cuenca, ante la falta de una cultura organizativa para poder formar un ejército regular, las principales fuerzas de lucha contra el francés fueron las guerrillas. Estas se componían entre una mezcla de héroes locos y valientes, junto con indeseables bandoleros. Un ejemplo de ello fueron las tropas rebeldes de Moya comandadas por el capitán Malabia, que en algún momento llegaron a estar compuesta de 500 hombres [6]. El canónigo Trifón Muñoz y Soliva, en su historia de Cuenca, hace un retrato del comportamiento de estas durante la ocupación de la ciudad de Cuenca en 21 de Junio de 1808, describiéndolas como: «chusma sin subordinación ni disciplina, que al color de exagerado patriotismo, se entregaron a detestables excesos y comprometieron la ciudad[7]

Uno de los guerrilleros más famosos del conflicto fue Juan Martín Díez, más conocido como El Empecinado. Aunque en un inicio sus acciones se extendieron por las sierras de Gredos, Ávila y Salamanca, posteriormente se centraron en las tierras entre Guadalajara y Cuenca. En ellas el principal cometido era dañar las líneas de comunicación y suministro del ejército francés, interceptando correos y mensajes del enemigo y apresando convoyes de víveres, dinero, armas, etc.

La Junta Superior de Aragón y parte de Castilla en la comarca
La Junta se encontraba a principios de 1811 en la localidad turolense de Abejuela, cuando tuvo noticias de la caída de Tortosa, por lo que se tomó la decisión de trasladarse a la villa de Landete. Allí se reanudaron las sesiones el día 14 de enero, permaneciendo aquí la Junta hasta el 3 de febrero, donde un nuevo traslado llevó a la Junta a Utiel donde residiría desde el 13 de febrero hasta el 21 de noviembre de 1811.

La Junta, cuando se desplazaba, lo hacía con todo el aparato burocrático e incluso con los miembros del Tribunal de Vigilancia y casi siempre, también, con la Intendencia. En este caso para mantener en lugar seguro la fabricación y reparación de armas, también se trasladó una armería. El lugar elegido no fue Utiel, sino la población de Mira, desconociendo las razones que llevaron a tomar tal decisión. La fábrica estuvo operativa desde el 3 de marzo hasta finales de noviembre de 1811, y aunque no sabemos su ubicación exacta, podemos especular que pudo instalarse en una herrería del pueblo.

La armería estuvo compuesta por varios operarios bajo la dirección de Mariano Brusi, maestro armero que fue contratado por el General Pedro Villacampa. Con el tiempo también se sumó al grupo un guardalmacén e interventor llamado Pedro Gutiérrez. De las actas de la Junta se desprende que hubo continuas tensiones por los retrasos en los pagos a la armería, hasta el punto de que en varias ocasiones el director de la armería manifestó la intención con dejar la actividad sino se les pagaba con lo pactado. También el ayuntamiento de Mira se quejó, pidiendo a la Junta que trasladara la armería a otro pueblo o bien que se detallaran los pueblos de la comarca que deberían de contribuir con las raciones diarias a los trabajadores y demás, pues ya no podía el pueblo continuarlas sin arruinarse. Sin embargo, la Junta no lo consideró, argumentando que, aunque tener la armería era un gravamen, liberaba al pueblo de hacer otras concesiones de mayor consideración. También se informó que Mira tenía suficientes medios para sostener y facilitar a los operarios de la armería las raciones de pan y etapa, pues solo el molino harinero era capaz de producir 100 caíces de trigo cada año.

Para su actividad, continuos abastecimientos de hierro y carbón fueron necesarios, posiblemente teniendo como origen los pueblos cercanos. De esta fábrica salieron fusiles de chispa para la infantería y tercerolas, un tipo de carabina utilizada por las unidades de caballería, y aunque en la documentación existente no se menciona, seguramente también se produjeron armas blancas y pistolas. Todas ellas tenían como principal destino las tropas del general Villacampa o las del mariscal Obispo, ambas acantonadas en Moya y Landete, desde abril de 1811 hasta julio del mismo año [8].

Aparte de la armería, la Junta decidió en las primeras sesiones realizadas en Landete, la utilización del monasterio de Nuestra Señora de Tejeda de Garaballa como hospital militar. En su elección varias voces se levantaron en contra, ya que no tenía los techos bajos, era estrecho, estaba lejos del acantonamiento de las tropas y no tenía cerca una gran población. La junta sin embargo, argumentó que la ubicación del hospital era accidental hasta que se viera con más claridad el rumbo de las cosas [9]. Su funcionamiento se extendió desde febrero de 1811 hasta mayo de 1812.

En el Archivo Histórico Nacional existe un interesante expediente del hospital, donde se describe en detalle el tratamiento utilizado a un soldado enfermo de Daroca [10]. Por su interés lo comparto:

En la tarde del día 3 de este mes entro enfermo un soldado de Daroca con una ulcera corrosiva en la pierna izquierda, se quejaba, tenía dolor, su pulso estaba febriciente(?) la lengua húmeda y sin saburra, su temperamento bilioso y según preguntas que le hice no había complicación. Mandé cubrir la ulcera con planchuelas mojadas en la disolución de la goma arábiga y su compresa con el vendaje suavemente conteniendo e interiormente un grano (1) de extracto gomoso de opio por la noche y dieta. En la visita de la mañana del 4 se aumentó el dolor y por consiguiente el movimiento febril. No tenía otra novedad, dispuse (?) 2 granos de dicho opio disueltos en una libra de agua y se le diese en 4 veces, se fomentase con la disolución de dicha goma. La mañana del 5 era más el dolor y tras lo antes dispuesto se lo mandé aumentar un grano de opio y siguiese con lo mismo, por la tarde se apaciguo algún tanto, la del 6 estaba tranquilo pues el dolor se mitigó, pero decía tenía amarga la boca, la lengua estaba con algo de saburra y tenía alguna gana de comer. Mandé se le suministrase en 3 tomas media onza de crémor tártaro (2) a la dieta del caldo le aumente el chocolate doble. La del 7 se hallaba sin dolor y sin aumento de amargor (?) y con gana de comer. Mandé se le suministrase en 3 veces media onza del crémor tártaro al día siguiente y se quitase el fomento, poniéndose a sopa con vino. La mañana del 8 se presentó a supuración y algo de fendez(?) por lo que se suspendió todo por aquel día. La del 9 era más la fendez(?) y le mandé suministrar una libra de tintura de quina en 3 dosis y 2 fomentos con dicha tintura y lo puse a ración, no hubo más novedad hasta el 15 día en que levante el apósito y se halló la ulcera encarnada la que se cubrió con la tela secas y ahora  se está cicatrizando esta ulcera corrosiva, no hizo más progresos porque le impidió el opio con preferencia a la goma arábiga aunque esta también coadyuvó como precisa en estas ulceras pues lo tengo experimentado en esta campaña y observe su aplicación en la última con Francia y en no levantar el apósito, requisito muy necesario y mucho más en hospitales(?) cárceles. [11]

(1)   Grano: medida de farmacopea antigua al igual que la libra de peso y la onza con la siguiente equivalencia:
1 grano: 50 miligramos.
1 libra: 350 gramos.
1 onza: 28,76 gramos.

(2) Crémor tartárico, sustancia usada en farmacopea antigua. 


La batalla del Tollo
El día 22 de agosto de 1812, el gobernador militar francés de la provincia de Cuenca, el general barón de Maupoint, recibió órdenes del mariscal Suchet, ordenando el repliegue de todas las tropas francesas desplazadas por la provincia y salir con destino a Valencia, para unirse a las fuerzas del mariscal.

Pedro Villacampa, estando su división en Landete, tiene noticias de que dicho general francés ha abandonado Cuenca con sus tropas y sigue destino hacia Valencia. Con ello determinó atacarlos, para cuyo fin mandó separar de la División los equipajes y soldados endebles para forzar las marchas que pudiesen ocurrir.

El día 24, después de algunas marchas y contramarchas, consecuentes a las que el enemigo hacía, por desorientar del conocimiento de su verdadera dirección, llegó la División a Mira, en donde supo que el enemigo había pasado el Puente Pajazo, y acampado cerca de Villargordo. Intuyó que el enemigo debía pasar por Utiel y como la marcha que tenía que hacer la División para anticipárseles era larga, dispuso que los soldados dejasen en Mira sus mochilas para mayor desembarazo. La División camino toda la noche, llego al amanecer del 25 a Utiel e intentó tomar posición, pero el enemigo ya estaba muy cerca, motivo por el que no fue posible formarles una verdadera emboscada, reduciéndose solo a ocultar los batallones en unas viñas con el frente paralelo al camino que debían traer para atacarlos por el flanco derecho de su marcha si se conseguía sorprenderlos.

Entre las 6 y las 7 de la mañana aparecieron los franceses con la caballería seguida de la infantería y en el centro dos piezas de artillería. El batallón de Molina abrió fuego contra el primer batallón francés, que encontró una posición ventajosa en un collado, donde dispuso las piezas de artillería. Villacampa acudió con el batallón de reserva en auxilio de los de Molina y detuvo el avance francés, obligándole a retirarse y a dejar un cañón en el campo de batalla. Mientras los de Aragón y los húsares de la caballería cargaron contra los contrarios y decidieron la acción a favor de los españoles.

En cuatro horas, las tropas españolas obligaron a los franceses a batirse en retirada y refugiarse tras las murallas de Requena. En el campo dejaron dos cañones, numerosos pertrechos, munición, intendencia y 126 prisioneros, además de decenas de heridos en Requena y Buñol. La Acción de Utiel le valió a Villacampa ser condecorado con una de las primeras Cruces Laureadas de San Fernando que impuso Fernando VII tras su regreso a España [12].


Final de la guerra
Sobre el 30 de junio de 1813 los franceses abandonan la comarca y el regimiento de Voluntarios de Cuenca se hace con la zona. En octubre, ingleses, portugueses y españoles cruzaron los Pirineos. La guerra prosiguió en el sur de Francia. Hubo combates en el río Nivelle, Bayona, Garris, Orthez, Toulouse y en Bayona. Los soldados españoles realizaron saqueos en las localidades francesas como venganza por los excesos cometidos anteriormente por las tropas francesas en España. El 11 de diciembre Napoleón aceptaba la suspensión de las hostilidades y firmó con el derrocado rey el tratado de Valençay, por el que lo dejaba en libertad y lo reconocía como rey de España. Fernando VII regresó a España en marzo de 1814.


BIBLIOGRAFÍA
[1]     V. M. Colomer, Sucesos de Valencia desde el día 23 de mayo hasta el 28 de junio de 1808 Valencia, 1810.
[2]     P. López, Historia de la Guerra de la Independencia.
[3]     F. Vela Santiago, El desastre de Uclés. 1809, 2015.
[4]     J. M. R. González, «El traidor y la pérdida de la custodia de los Becerril».Voces de Cuenca.
[5]     J. L. G. d. Paz, L a guerra de la independencia en Guadalajara y Tendilla.
[6]     T. Saez, «Los guerrilleros Moyanos,» Revista Moya – Asociación Amigos de Moya, nº 11.
[7]     T. M. y. Soliva, Historia de la ciudad de Cuenca y del territorio de su provincia y obispado, 1866.
[8]     H. L. Rabaza, Actas de la Junta Superior de Aragón y parte de Castilla (1811).
[9]     H. L. Rabaza, Actas de la Junta Superior de Aragón y parte de Castilla (1811).
[10]     Estado de los enfermos de la 4ª división en el hospital militar de Tejeda en la provincia de Cuenca..
[11]     Transcripción con la ayuda de Carlos Javier Gómez Sánchez y Fernando Moya Muñoz.
[12]     M. B. Viana, Historia y anales de la muy leal, muy noble y fidelísima villa de Utiel.

La segunda guerra carlista


Después de la Primera Guerra Carlista, se produce el intento por parte del carlismo de encontrar una solución a sus intereses a través de una propuesta de matrimonio entre el hijo del pretendiente Carlos V y Isabel II, formula que contó con el apoyo de algunos sectores más a la derecha de los moderados. Para llevarlo a cabo, el 18 de mayo de 1845, Carlos V abdica en su hijo, D. Carlos Luis Fernando de Borbón y Braganza, conde de Montemolín, convirtiéndole en el nuevo pretendiente con el título de Carlos VI. Sin embargo, todo quedaría frustrado en el momento que se conoce que Isabel II se casará con Francisco de Assis, provocando que un mes antes de la boda real, el nuevo pretendiente publicará un manifiesto llamando a la lucha armada a favor de sus derechos dinásticos. Paralelamente en Catalunya, hay una fuerte crisis económica de base agraria y industrial, que dejó muchas personas sin trabajo y con un descontento generalizado ante el retorno del sistema de quintas. Todos estos factores, desembocarían en un nuevo conflicto que tuvo lugar fundamentalmente en Cataluña y que se conoce con el nombre de Segunda Guerra Carlista, Guerra dels Matiners o Campaña Montemolista.

El primer levantamiento se produce en septiembre de 1846, cuando un conocido carlista catalán, Benet Tristany, se levanta en Solsona junto a 300 hombres. Varios meses más tarde, el 16 de febrero de 1847, el mismo Benet Tristany, realiza una espectacular acción en Cervera donde logra hacerse con los fondos de varias oficinas públicas al grito de “Viva la Constitución y Carlos VI!”. En poco tiempo el número de partidas carlistas aumentó en toda Cataluña, llegando a unos 4.000 hombres armados a fines de ese año y con una importante complicidad de una buena parte de la población.

Al mismo tiempo, el movimiento carlista intentó difundir la revuelta a otras zonas de España. En la provincia de Cuenca, el 20 de marzo de 1847, las autoridades deciden ante la posibilidad que pudieran aparecer facciones de Aragón o Valencia, reforzar los puestos de la Guardia Civil de La Montilla, Mira, Tragacete, Cañete y Beteta, como una especie de línea avanzada para cubrir las avenidas más sospechosas y tener más concentrada la fuerza para evitar sorpresas [1]. También hubo cierto seguimiento sobre los individuos indultados de la primera guerra, que se calculaba eran alrededor de 600 personas en toda la provincia. Durante ese año no hubo ningún hecho conocido, tan solo noticias confusas como un posible alzamiento en Cañete sin confirmar [2]. Si se registraron casos de carlistas que decidieron marcharse a Cataluña para ayudar la causa, como los conquenses Manuel Giménez y Mariano León que terminaron fusilados en Solsona [3].

Para dar un impulso a la lucha, el 23 de junio de 1848, Ramón Cabrera, a petición del Pretendiente Carlos VI, traspasa la frontera española para insertarse en la provincia de Gerona. Su prestigio en la anterior guerra le facilita el reclutamiento de fuerzas importantes y se pone al frente de las partidas Carlistas de Cataluña, Aragón y Valencia. Sin embargo, no tuvo el éxito esperado, ni siquiera pudo entrar en el Maestrazgo, su bastión en la Primera Guerra Carlista. En la comarca, el conflicto aparece practicamente con la llegada desde Francia de un viejo conocido, el Utieliano Timoteo Andrés, más conocido como “El Pimentero”. Su primera aparición documentada fue en septiembre de 1848, liderando una partida e intentado invadir algunos pueblos del marquesado de Moya [4]. Más tarde se publicaría, que exceptuando Mira, Utiel y Requena, no había población en la zona que se librara de su visita [5], pero al final sus escaramuzas no tuvieron mucho recorrido, a finales de octubre, su facción fue sorprendida en la aldea de La torre de Utiel y tuvo que huir hacia Tarancón. En el mes de marzo de 1849, sería capturado y ajusticiado. Al final ninguna facción llegó a tener éxito, principalmente porque apenas hubo la complicidad de la población, la primera guerra era reciente y prácticamente todo el mundo deseaba la paz.

Una particularidad de esta segunda guerra, fue la participación junto con las partidas carlistas de grupos de ideología republicana. Un ejemplo lo tenemos el 27 de octubre de 1848, cuando unas pequeñas partidas republicanas y de carlistas, rondaban por la zona de la Jorquera en Albacete [6]. Desconocemos el desarrollo de este tipo de movimientos en la provincia de Cuenca.

El 4 de abril de 1849, el Pretendiente fue detenido al intentar entrar en España por la frontera francesa y regresó a Londres. El 23 de ese mismo mes, cruza la frontera D. Ramón Cabrera y finalmente, el 14 de mayo de 1849, cruzaron los últimos carlistas mandados por Tristany. La segunda guerra carlista había concluido.

BIBLIOGRAFÍA:
[1] La Esperanza, 23 Marzo 1847.
[2] El Eco del comercio, 30 Septiembre 1847.
[3] El Heraldo, 5 Abril 1847.
[4] El Católico, 6 Septiembre 1848.
[5] El Católico, 6 Septiembre 1848.
[6] El Observador, 27 Octubre 1848.

La primera guerra carlista



La muerte del Rey Fernando VII sin hijos varones, trajo a España grandes problemas sucesorios que se unieron a los problemas de inestabilidad política. La existencia de una única hija, Isabel, impulsó al rey a derogar la Ley Sálica, establecida en España en 1705, que impedía a las mujeres el acceso al trono. Su hermano Carlos María Isidro, hasta entonces su heredero, se refugió en Portugal y se negó a reconocer a su sobrina como heredera. A la muerte del rey en 1833, se proclamó reina a Isabel II, que era menor de edad, bajo la regencia de su madre María Cristina. Casi inmediatamente los partidarios del príncipe Carlos se sublevaron en varias provincias españolas dando lugar a la Primera Guerra Carlista.

El conflicto dinástico no dejó de ser un catalizador de un problema social que hacía tiempo se llevaba gestando, no solo en España, sino en varios países europeos. Por un lado estaban las ideas liberales, que propugnaban por la búsqueda de un nuevo régimen político que combinara la libertad y la modernidad, y por otro lado las ideas tradicionalistas,  que defendían mantener los valores del antiguo régimen, como la monarquía tradicional absolutista o el catolicismo conservador entre otros. Ninguno de los dos bandos fue homogéneo, pero a grandes rasgos, el bando liberal Isabelino estuvo compuesto por altos cargos de la administración estatal y provincial, ejército, clase media, hombres de negocio, ilustrados, masa popular urbana y la alta nobleza. El carlismo por su parte consiguió apoyo especialmente en las áreas rurales. En sus filas se encontraban realistas, absolutistas, parte de la nobleza rural, importantes sectores del clero bajo y medio y una masa popular compuesta por artesanos, pequeños campesinos propietarios y arrendatarios que se vieron negativamente afectados por las reformas de corte liberal [1].

El mismo día 2 de octubre de 1833 en que Fernando VII está siendo enterrado en el panteón real de El Escorial, empieza el levantamiento carlista cuando en Talavera de la Reina (Toledo), el administrador de Correos proclama rey a don Carlos, siendo la revuelta rápidamente sofocada y el administrador de Correos fusilado [2]. En los días posteriores, varios focos insurrectos se fueron produciendo en distintos lugares del país, como el 3 de octubre en Bilbao o el 5 en Prats de Lluçanès. En Cuenca el primer acto conocido se dio el 7 de octubre, cuando varios rebeldes habían sustituido varios ejemplares del manifiesto de S.M. por pasquines subversivos, en que se llamaba a los voluntarios realistas a que atacaran a la reina proclamando al infante Carlos. Días más tarde, el 18 de Octubre, se da la orden al Comandante General de Cuenca, que adoptase las medidas necesarias en la población de Mira, donde habían llegado algunos oficiales sin clasificación o retirados, entre ellos, José Ortiza, natural de Valencia, con la idea de levantar el grito de insurrección en las comarcas de Moya y Ademuz, y seducir a los incautos realistas. En la zona de Utiel, Bartolomé Rausell intentaría hacer lo mismo [3].

En el norte, el conflicto se consolida cuando el coronel Tomás de Zumalacárregui dirige el levantamiento en las zonas rurales de Vizcaya, siendo nombrado el 14 de noviembre de 1833 jefe militar del ejército carlista extendiendo la rebelión por Vascongadas, Navarra y La Rioja. Paralelamente en el Maestrazgo, la zona del interior de Castellón y el Bajo Aragón, se produce el levantamiento carlista en Morella. Las partidas de Valencia y Aragón no tardarían en extenderse por la provincia de Cuenca, por sus condiciones orográficas inmejorables para el desarrollo de guerrillas y por su situación estratégica de paso hacía el centro del país. La provincia nunca caería en sus manos, sin embargo sí lograrían sembrar el desorden, tener cierta complicidad de una buena parte de la población, dominar algunos enclaves y realizar varios levantamientos y conspiraciones a favor de pretendiente Don Carlos durante todo el conflicto. Como ejemplo, en el otoño de 1834, se descubrió una importante conspiración carlista en varios municipios de la provincia, siendo los focos más importantes la ciudad de Cuenca, Alarcón y Campillo de Altobuey, con un total de 300 personas implicadas, entre las que figuraba el cura Doroteo Rodríguez, el administrador del Real Hospital de Santiago, varios ex voluntarios realistas como Gabaldón, excomandante de los voluntarios realistas, el capitán guerrillero Manuel Martínez y el militar retirado Antonio Zapata entre otros. Fruto de esta conspiración aparecieron partidas como la dirigida por Perejil y apoyada por el canónigo de Cuenca [4]. Posiblemente relacionado con este hecho, el mireño Crisanto Requena intentó alzarse, pero terminó detenido y enviado a la Isla de Cuba junto con otros sublevados [5].

El ejército liberal se compuso en su inmensa mayoría, de combatientes forzosos, mediante la convocatoria de quintas o reemplazos. Una vez establecido el número de combatientes necesarios, se repartía la cuota entre las provincias y se enviaba a las diputaciones para que organizaran el reparto por pueblos. En función de la población se asignaba un número de reclutas a cada localidad y el ayuntamiento procedía después al sorteo, normalmente entre solteros de 18 y 40 años [6]. Desconocemos como se desarrolló este proceso en Mira.

El número de partidas carlistas fue en aumento en las principales zonas del conflicto y el ejército regular no tenía capacidad para dispersar tanto sus tropas, de este modo el gobierno se vio obligado a reconstituir las milicias, que básicamente eran la creación de compañías de voluntarios de defensa ciudadanas. La principal fue la milicia urbana, creada en 1834 y que, tras cambiar su nombre por el de guardia nacional en 1835, al final acabó llamándose milicia nacional. Un gran número de compañías se crearon por toda la provincia de Cuenca para defender los municipios: En Minglanilla, Camporrobles, Fuenterrobles, Venta del Moro, Caudete, Enguídanos, La Pesquera o Mira entre otros. En un principio el alistamiento fue voluntario, pero ante la falta de personal en algunas zonas, el gobierno se vio obligado a realizar reclutamientos forzosos. Desconocemos como se desarrolló las milicias en Mira, tan solo sabemos que el 4 de Julio de 1836, el comandante de la Guardia Nacional de Mira, Don Antonio Fuentes Palencia, dio parte al Gobierno Civil de la captura en la casa del Charandel, de tres forajidos de el Campillo de Alto-Buey con los sobrenombres de Pitorro, Garrafa y el Moreno, pertenecientes a la gavilla de facciosos de Trones y Perejil [7].

En el otoño de 1836, la provincia de Cuenca tan solo tenía dos guarniciones con soldados regulares, una en la capital y otra en Moya generalmente ocupados en servicios ordinarios, y las diferentes milicias de voluntarios no eran capaces de dar respuesta a todas las correrías carlistas. Para mejorar la situación, se pensó probar con la creación de unas partidas volantes, con el objetivo de vigilar y dar caza a las partidas enemigas, emulando los éxitos que Zurbano estaba consiguiendo en La Rioja y Álava. El primer grupo de la provincia se formó en el mes de octubre en Requena y estuvo bajo el mando de Domingo Urrutia, quien con anterioridad había sido alcalde de Mira [8]. Al contrario de las milicias, estos cuerpos francos cobraban una peseta al día, por ello también se les conocía como “peseteros” [9]. En una de sus primeras acciones, detuvieron y fusilaron a los carlistas Baldomero Sánchez, Rinran y el Majo de Minglanilla, pertenecientes a la facción del Arcipreste de Moya [10]. Las alegrías duraron poco para los liberales, al poco tiempo el mismo Arcipreste con su facción sorprendió a los veinte integrantes de la cuadrilla, que fueron aniquilados en su totalidad [11]. La primera partida volante de Requena dejó de existir. También se crearon partidas volantes en Moya y Beteta, desconociendo su desarrollo.

Como toda guerra y especialmente siendo un conflicto desarrollado en un mismo país, fue dura y cruel. Ambos bandos recurrían a las poblaciones para proveerse de víveres, creando graves necesidades entre la población civil. En el caso de bando isabelino, tanto el ejército regular, milicias o las partidas volantes, podían pedir víveres a las poblaciones, y aunque en principio debían seguir cierto protocolo para ello, no evitaría que se pudieran cometer excesos, especialmente con individuos, familias o poblaciones que tuvieran relación con el bando contrario. Los carlistas por su parte, siempre vivieron en la penuria y los robos por víveres fueron frecuentes. Como ejemplo, en la primavera de 1837, un batallón carlista robó más de 1000 carneros en Mira, marchando con ellos a Chelva, donde les sirvieron de comida durante un tiempo [12]. En cuanto a la financiación, aunque el infante Carlos consiguió varios créditos, cuyo importe permitió adquirir algo de equipamiento, lo demás prácticamente salió de contribuciones forzosas, secuestros y portazgos entre otros métodos. En Mira, el 5 de marzo de 1838, la facción carlista de Vizcarro entró en el pueblo y se llevaron algunas personas [13]. Desconocemos los detalles, pero fueron habituales los secuestros sobre gente adinerada o miembros de ayuntamientos, con la amenaza que sería ejecutados sino se pagaba la contribución correspondiente. También hay documentado el cobro de aduanas, esto ocurrió el 27 de Junio del 1838, cuando el comandante militar del marquesado de Moya, sabedor de que una partida de 8 facciosos estaban cobrando el portazgo entre Mira y Camporrobles, mandó salir un contingente que logró matar a siete de ellos [14].

Un testimonio longevo
Claudia Huertas fue una mireña que vivió aquellos años y nos dejó varios comentarios relacionados con el conflicto en una entrevista realizada en 1929. Con 102 años, rememoró que tenía siete años cuando estalló la primera guerra carlista. Recordaba perfectamente que los vecinos decían que habían levantado partidas el Arcipreste de Moya, Tallada, Forcadell o el fraile de la Esperanza. Cada día había tiros y hasta cañonazos, y los carlistas muchas veces invadían el pueblo y cobraban las contribuciones. También recordó que el carlista Cabrera pasó por Mira vestido con una capa encarnada y una boina blanca [15].

Las expediciones
Las expediciones carlistas consistieron en varias marchas militares por el país con el objetivo de pretender extender la guerra a otros puntos de la Península y consolidar los carlistas locales de los sitios por las que las mismas transitaban. Aparte consiguieron descongestionar la presión a la que los isabelinos tenían sometido al Frente del Norte y, además, tener ocupadas por un tiempo, en otros territorios, a una serie de tropas a las que costaba mantener y pagar. Las expediciones más conocidas fueron la de Gómez y la Real, y aunque no pasaron por Mira, si lo hicieron por varias poblaciones conquenses. La primera estuvo dirigida por el general andaluz don Miguel Gómez Damas que, entre junio y diciembre de 1836, recorrió diversos espacios de la geografía peninsular. La segunda fue un contingente militar encabezado por el propio don Carlos, que en septiembre de 1837 llegó a presentarse ante las puertas de Madrid, sin atacarla finalmente.

Las fortificaciones
A partir de 1838 los carlistas empezaron a fortificar numerosas poblaciones, creando así una red de fortalezas que servían como refugio y base de operaciones. Además, dificultaban las operaciones de las columnas liberales y aseguraban el control del territorio. En la primavera de 1839 se activó la fortificación de Cañete, cuya muralla empezó a ser reparada por 200 prisioneros de guerra y unos 600 paisanos sacados de las poblaciones próximas. Fue la primera fortificación que los hombres de Cabrera hicieron construir en Castilla, convirtiéndose así en su punto de partida para emprender expediciones de saqueo por la región [16]. Poco después fortificarían también el castillo de Rochafrías en Beteta y lo intentarían en Víllora. Los liberales por su parte mejoraron las defensas de Cuenca, Alarcón, Requena y fortificaron en Julio de 1839 la Cañada del Hoyo.

En el norte los generales Espartero por los isabelinos y Maroto por los carlistas, firman el 31 de agosto de 1839 el convenio o “abrazo” de Vergara, poniendo fin a la guerra en norte. Tras ello, el 14 de septiembre de 1839 el pretendiente don Carlos V con los restos de sus tropas cruza la frontera y se interna en Francia. En el Maestrazgo sin embargo el pacto de Vergara se ve como una traición y Cabrera no lo acepta, alargando casi un año más la guerra en el bajo Aragón, Levante y en la provincia de Cuenca principalmente.

A finales de 1839, la presencia carlista en la serranía baja era notoria y de nuevo intentaron la fortificación de Víllora. En Mira por su parte, nombraron un comandante de armas [17] y es de suponer que iniciaran las obras en el castillo de Mira para su fortificación. El bando liberal llevaría a cabo en el mes de mayo de 1840 las últimas fortificaciones de la provincia en Cañamares, La Frontera, Torrecillas y en los Collados [18].


Febrero 1840. La demolición del castillo de Mira y otros fuertes de la zona
Con el nuevo año Arnau y otros jefes carlistas (Forcadell, Palacios y Arévalo) reunieron varios batallones y caballería para internarse en La Mancha, con el objetivo de obligar a las poblaciones a proveerles de víveres, ganado y otros recursos, llevándose además rehenes para pedir rescate por ellos. Para la provincia de Cuenca fue un desastre, pues no solo esquilmó los escasos recursos de muchos pueblos y provocando incluso, que varios vecinos se unieran a las facciones carlistas simplemente para intentar comer algo en sus ranchos [19], sino que aparte, varios pueblos perderían parte de su patrimonio histórico, por el hecho que los carlistas se dedicaron a incendiar y demoler iglesias, torres y todo edificio fortificado ante la imposibilidad de sostenerlos. Según Madoz en su diccionario geográfico, el 22 de Febrero, el castillo de Víllora fue quemado y destruido por una guarnición carlista. Pocos días después, la prensa de la época describe que hubo varias deserciones en las filas de Palillos y el brigadier Arnau se encargó de perseguirlos. Uno fue arcabuceado en Víllora y los otros tres fueron alcanzados en Mira. El mismo Arnau reconoció el fuerte de Mira y expresó que no se podía sostener, decidiendo destruir la obra adelantada, aun parte de la antigua o de su castillo y llevarse todo su contenido para Cañete [20]. Sobre las mismas fechas, también las torres de Landete, Aliaguilla y la bonita espadaña de Talayuelas fueron destruidas y la iglesia de Caudete de las Fuentes arrasada. Tal fue el malestar en toda la provincia por las diferentes acciones realizadas por los carlistas, que el mismo Arnau el 27 de Febrero, desde la plaza de Cañete, emitió un manifiesto donde enunciaba castigar a todos los sujetos que tomando la voz de ser defensores de la causa carlista, habían causado grandes gravámenes e incomodado a los pacíficos habitantes de la provincia [21].

La acción de Mira
Para cambiar la situación de desesperación que se vivía en la zona, a principios de Mayo de 1840, el estado mayor decidió entregar el mando de los distritos de Cuenca, Guadalajara y Albacete, al recientemente ascendido a mariscal de campo, Manuel de la Concha, con la difícil empresa de restituir la paz en la zona. Al no tener a su disposición un gran número de fuerzas, en lugar de dispersar las tropas, las concentró en objetivos muy concretos [22].

 Manuel de la Concha

Al mismo tiempo en tierras valencianas, los carlistas pierden la población de Alpuente y varios días después, el 30 de mayo, cae la fortaleza de Morella tras dos semanas de asedio. Tras estas derrotas Cabrera da la orden de abandonar la resistencia en el Maestrazgo marchando con los restos de sus fuerzas hacia el norte, mientras recoge a su paso partidas de voluntarios carlistas catalanes.  En la provincia de Cuenca sin embargo continuaba el conflicto, con Cañete y Beteta en manos de los carlistas y varias facciones recorriendo la provincia.

El 1 de Junio 1840 se produce la acción de Mira, cuando el mariscal Manuel de la Concha lanza un ataque sorpresa sobre un grupo de facciosos que guarnecían en el pueblo. Los carlistas reaccionaron rápido, intentando posesionándose en la zona de El Palomar, pero inmediatamente fueron perseguidos por las compañías de cazadores de Plasencia, Sevilla, tiradores del 3. ° Ligeros y otra compañía del mismo dirigidas por el coronel de caballería D. Leandro Quirós (quien se adelantó hasta ponerse a la cabeza de las primeras guerrillas).  Tan solo lograron salvarse siete rebeldes; consistiendo su pérdida total de 103 hombres, de los cuales fueron muertos durante la acción un capitán de miñones, dos subalternos y 18 individuos de tropa, quedando prisioneros los 82 restantes. Entre los prisioneros, estuvo un conocido carlista de la comarca, José Andrés, el Pimentero padre. Su hijo Timoteo pudo librarse al saltar su caballo el rio, junto con otros cuatro [23]. Pocas semanas después, José Andrés moriría en la Fuencaliente de Mira, durante su traslado de Minglanilla a Requena para ser juzgado [24]. Por el bando isabelino, solo hubo un herido y un caballo muerto.

La acción quedó inmortalizada en un dibujo realizado por el coronel Pedro Ortiz de Pinedo, donde se describe con detalle lo ocurrido [25]. Un dato interesante, es que en el croquis no se dibujó ningún tipo de construcción en el cerro del castillo, suponiendo que la demolición realizada por Arnau tres meses antes, supuso el final definitivo de la antigua fortaleza.


Tras el éxito en Mira, Manuel de la Concha esperó de Madrid la artillería necesaria para emprender los sitos de Cañete y Beteta, sin embargo recibió la orden de dirigirse con sus fuerzas a proteger un viaje de la reina. Sería el general Azpiroz, quien a finales de Junio consiguió liberar a Beteta y Cañete de los facciosos. Varios días después, el 6 de julio de 1840, los últimos 10.000 soldados carlistas cruzan la frontera internándose en Francia y las últimas partidas en la provincia de Cuenca se fueron rindiendo o serían detenidas. La primera guerra carlista había concluido.


BIBLIOGRAFÍA:
[1]     M. R. Saíz, Las Guerras Carlistas en Tierra de Cuenca, 1994.
[2]     F. R. L. d. l. Llave, El primer levantamiento de la Guerra carlista en talavera de la Reina, 2 de octubre, 1833, 1833.
[3]     Fastos Espanoles o efemeridas de la guerra civil desde Octubre 1832, 1839
[4]     El Eco del comercio, 24 Noviembre 1834.
[5]     El Eco del comercio, 26 Noviembre 1834.
[6]     A. Caridad, de El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840), p. 30.
[7]     Gaceta (antiguo BOE) fechado el 12 de Julio, 1836.
[8]     El Castellano., 25 Octubre 1836.
[9]     A. Claridad, «El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840),» p.32.
[10]     El Eco del comercio., 18 Noviembre 1836.
[11]     Revista nacional., 22 12 1836.
[12]     A. Claridad, «El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840),» p.137.
[13]     F. A. Y. Descalzo, «http://www.ventadelmoro.org,
[14]     Eco del Comercio, 21 Junio 1838.
[15]     La estampa, nº número 66 del 9 abril 1929, 1929.
[16]     A. Claridad, «El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840),» p.259.
[17]     El Correo nacional, 14 Noviembre 1839.
[18]     El Correo nacional (Madrid), 23 Mayo 1840. 
[19]     Eco del Comercio, 18 Enero 1840.
[20]     El Correo Nacional, p. 2, 4 Marzo 1840.
[21]     El Correo Nacional, p. 1, 14 Marzo 1840.
[21]     «Biografía Manuel de la Concha,» Revista de Madrid, vol. Volumen 4, 1844.
[23]     El Correo Nacional, p. 1, 10 Junio 1840.
[24]     El Corresponsal, 4 Junio 1840.
[25]     P. O. d. Pinedo, Croquis del sitio de la sorpresa en Mira el 1° de Junio de 1840.

La Guardia Civil


Al finalizar la Guerra de la Independencia contra Francia en 1814, la debilidad del Estado hizo que la inseguridad se apoderase de los caminos españoles. En la guerra se había utilizado como método de lucha la guerrilla, lo que provocó que, acabadas las hostilidades, quedasen diseminados por las zonas más agrestes de la península grupos de excombatientes o brigantes, desertores y delincuentes liberados que, inadaptados a la vida civil, hicieron del bandolerismo su forma de vida.

La gravedad del fenómeno hizo que se intentase establecer un cuerpo de policía de ámbito nacional que velase por la seguridad pública, pero no sería hasta 1844 cuando se produce la creación oficial de la Guardia Civil.

La expansión del cuerpo fue una evolución en círculos concéntricos, a través de pasos que abarcaron sucesivamente el ámbito regional, provincial, de partido y finalmente el municipal. En un inicio se establecieron 14 tercios siguiendo las 14 capitanías generales regionales. En una segunda etapa se fue estructurando la fuerza sobre la base de una compañía por provincia. En una tercera, la expansión se llevó acabo sobre los partidos judiciales, para finalmente llegar al nivel municipal [1].

En el municipio de Mira, no se sabe con exactitud cuándo se estableció. La primera noticia se obtiene de la prensa nacional durante la Segunda Guerra Carlista. En 1847, el periódico La Esperanza, informó que por precaución se reforzaron los puestos de la Guardia Civil de La Motilla, Mira, Tragacete, Cañete y Beteta, como una especie de línea avanzada para cubrir las avenidas más sospechosas y tener más concentrada la fuerza para evitar sorpresas. Posteriormente, no sería hasta finales del siglo XIX cuando volvemos a tener noticias [2]. En 1889, el comandante del puesto de la guardia civil de Mira, dio muerte a un criminal llamado Domingo Hernández en el término de Talayuelas [3], y cinco años después, en 1894, la Guardia Civil de Mira cruzó varios disparos con un grupo de criminales, resultando herido un guardia civil en el ojo derecho [4].

Los primeros documentos oficiales que hemos podido encontrar son bastante tardíos, de 1917, cuando en el pleno del ayuntamiento del día 6 de Mayo de mismo año, presidido por el teniente alcalde Luis de Fuentes Navarro, se aceptó el acuerdo de proporcionar acuartelamiento gratuito a la fuerza de la Guardia Civil para el puesto de Mira. Como en ese momento el ayuntamiento todavía no disponía de ningún edificio en propiedad adecuado, se tuvo que alquilar al precio de 300 pesetas anuales el edificio de la calle Calicanto número 10, en propiedad de Toribio Pedrón López, para que lo ocupara la guardia civil [5].  Este dato crea cierta confusión, pues no concuerda con la memoria de las personas mayores, quienes sitúan el antiguo cuartel en el edificio de la calle Calicanto número 8, es decir, justo al lado. Esto puede ser porque con anterioridad al acuerdo de 1917,  hubo un cuartel en el número 8, o bien porque en aquella época el número 10 correspondía al 8 actual.


Casa de la calle Calicanto número 8 que la gente mayor recuerda como la antigua casa cuartel.

A los pocos meses después del acuerdo de 1917, el ayuntamiento aprueba adquirir mediante compra unos terrenos en el paraje de la Serna. Dos años después, en 1919, el ayuntamiento firmar un acuerdo con el jefe de la Guardia Civil de Minglanilla, donde se acuerda proporcionar acuartelamiento gratuito a la fuerza de la Guardia Civil de Mira en un edificio de nueva construcción, de propiedad de la corporación ubicado en el paraje de la serna (donde está ubicado el cuartel en la actualidad) [5]. No sería hasta 1920, cuando finalmente el nuevo cuartel de Guardia Civil quedó inaugurado.

El edificio fue diseñado de forma cuadrangular y con un patio interior centralizado. Contaba con una oficina, un calabozo y varias viviendas para los guardias. Anexo al mismo, había un espacio solo techado en una de sus partes a modo de porche, que podía guardar hasta 9 caballos.

Fotografía del cartel de la Guardia Civil en 1920.

La dotación de efectivos destinados en el nuevo cuartel fue de cinco: un cabo, un guardia de primera y tres guardias de segunda [6].

En 1933, durante los conflictos de una huelga general anarcosindicalista, volvemos a tener noticias de la guardia civil de Mira gracias a varios diarios nacionales. Sería el 12 de Enero, cuando los disturbios llegaron a Mira al declararse esa misma mañana una huelga general en el pueblo. Según la crónica del diario La Libertad, todo empezó cuando un grupo de huelguista se dirigió a las obras del ferrocarril Cuenca-Utiel, con el objetivo de forzar a los obreros para que abandonasen el trabajo. Algunos se opusieron a ello, produciéndose por este motivo algunos altercados entre ellos. Por fin, al mediodía, consiguieron los manifestantes sus propósitos, y en actitud levantisca volvieron al pueblo. Antes de llegar, les salió al paso la Guardia Civil de Mira, que preguntó a los huelguistas que querían, respondieron estos con una agresión a los guardias, que recibieron una pedrada y varios disparos, resultando dos guardias heridos levemente. Las fuerzas del orden replicaron, hiriendo a dos manifestantes levemente y a uno con extrema gravedad [7].

Con el inicio de la guerra civil, el cuerpo continuó existiendo en el bando nacional, mientras que en el republicano se le cambió su denominación por el de Guardia Nacional Republicana, para poco después desaparecer al ser absorbido por un nuevo cuerpo de seguridad pública, que unificó diversas instituciones de carácter policial. No tenemos datos de la evolución de este cuerpo en Mira durante este periodo.

Pocos años después del término de la guerra civil, en la serranía conquense aparece con fuerza el fenómeno del “Maquis”. En 1944 fracasa el intento de invadir España por el Valle de Arán por la Agrupación Guerrillera Española, y a partir de 1945, el partido comunista de España cambia de táctica, dedicándose a introducir en España células de resistencia armada. En este contexto aparece la A.G.L.A., Agrupación Guerrillera de levante y Aragón, que llegó a extender su radio de acción por la provincia de Cuenca y alguna zona de Guadalajara. El campamento guerrillero del “Morro del Gorrino” en Salvacañete, fue uno de los focos de mayor actividad en la zona.

El peso de la lucha contra el maquis recayó principalmente sobre la Guardia Civil. El Gobierno preocupado por el fenómeno, amplió el número de puestos especialmente en las zonas afectadas. En la demarcación de Mira se crearon los destacamentos de la Cañada de Mira, Fuencaliente, Rento del Buitre y la del Puente de Enguídanos [8].

A finales de 1946, se estableció un campamento de guerrilleros en el paraje de la fuente Olmadilla, en el término de La Pesquera. Parece ser que fue la Guardia Civil de Mira quien dio con el lugar, para rápidamente organizar un asalto al campamento con unos 30 hombres. En la operación murieron nueve guerrilleros. Por parte de la guardia civil hubo varios heridos, entre los que figuraban un teniente y un sargento. Posiblemente como consecuencia de este hecho, en los primero días de febrero de 1947, varios guerrilleros se presentaron en la casa forestal del paraje del Pozo la Llave, en el término de Mira, dando muerte mediante ahorcamiento al Guardia Civil Dionisio Alcarria Ruiz [9].

Ruinas de la casa forestal del Pozo la Llave.

No sería hasta finales de los 40,  cuando el fenómeno del maquis en la zona desaparecería por completo, dejando en la memoria colectiva recuerdos de años muy duros.

En 1959 se produce el Plan de Estabilización económica y una cierta apertura del régimen que irá seguida de un gran desarrollo económico. En este mismo año, dado el aumento del tráfico rodado que se produce como consecuencia del crecimiento económico, se encomienda a la Guardia Civil la vigilancia del tráfico y del transporte por carretera. Se crea la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil que constituye un punto de inflexión en el proceso de la modernización del Cuerpo.

A partir de los años 60 se fueron cerrando progresivamente muchos cuarteles en la provincia de Cuenca, como el cuartel de Salvacañete en 1968, hasta llegar a la actualidad, donde quedan 49 casas cuartel en toda la provincia, entre ellos y esperemos que para mucho tiempo, el de Mira.

BIBLIOGRAFÍA:
[1] Francisco Aguado Sánchez, Historia de la guardia civil.
[2] La Esperanza, 22 03 1847.
[3] La República, 08 11 1889.
[4] El Imparcial, 23 06 1894.
[5] Archivo histórico de la Guardia Civil.
[6] Historia de la Villa de Mira.
[7] Gaceta, 25 01 1933.
[8] Marín Mariano López, Historia de Salvacañete.
[9] Francisco Aguado Sanchez, El maquis en España.

La campaña de Abdarrahman III en 935


Abd ar-Rahman ibn Muhammad, más conocido como Abderramán o Abd al-Rahman III, sucedió a su abuelo Abdallah como emir de al-Andalus en 912 d.C. Hallándose el Estado omeya entonces fragmentado por multitud de rebeldías provinciales, los primeros actos del nuevo emir se encaminaron a reducirlas. Pidió las actas de fidelidad de todos los gobernadores locales, y uno de los primeros en enviársela fue Muhammad al-Anqar, de los Tuyibíes de Zaragoza, con quien el emir omeya empezó por llevarse bien.

Tras su proclamación como califa, en 929, Abdarrahman III confirma como señor de Zaragoza a Muhhamad ibn Hasim al-Tuyibí, sin embargo, este al poco tiempo se negó a participar en la campaña cordobesa contra Osma, al mismo tiempo que recibiría el apoyo de sus vecinos, los señores de Huesca y Barbastro, lo que alarmó al califa. Ante tal situación, el califa decidió iniciar una campaña en la primavera de 935, con el objetivo de asediar a la capital de la Marca Superior, Zaragoza, y conseguir la obediencia de Al-Tuyibí.

Las huestes califales parten de la ciudad de Córdoba el 21 de mayo. El itinerario de ida tuvo una distancia mucho más elevada que la vuelta, prácticamente 100km más. La causa bien pudo ser el propósito de pasar lo más lejos posible de Santabariya, la capital de la cora de Santaver y así evitar problemas previos a la campaña. Cualquiera que fuese la razón, el hecho es que hizo que el ejército pasase por los actuales territorios de la serranía baja conquense y en la comarca Requena/Utiel, mencionando interesantes topónimos y creando la posibilidad que las tropas califales pasarán por el territorio de Mira o muy cerca.

El itinerario de ida descrito por el historiador Ibn Haiyan, fue el siguiente: Córdoba, Mamluha, Balat, Marwan; T.nyusa, ya en la Cora de Jaén (Kutat Yayyan), al-Haniya, en el río Guadalbullón (wadi bulyun), Qastulluna (Casas de Caldona), wadi, acampada o mahallat al-Daym, fortaleza o hisn Sant Astiban (Santiesteban del puerto), aldea o qaryat B.nwan, sobre el Guadalimar (wadi l-Ahmar), Turyilat al-Sayi, Turyilat al-taniya, wadi …., mahallat al-Gudur donde terminaba la cora de Jaén; balat Suf (balazote), en la cora de Tudmir, madinat Santayila (Chinchilla); Qantarat Turrus, sobre el río Júcar (wadi Suqar), en la cora de Valencia (kurat Balansiya), torre o bury al-Qabdaq (Caudete de la Fuentes), al-Batha, cerca de al-Mary; Rub.wa, en el distrito (`amal) de Yahya ibn Abi al-Fath ibn Di-num de la cora de Santaver (kurat Sant Bariya), Landit (landete), Farhan, sobre en río (wadi) Ayit, hisn Billal (fortaleza de Villel), Tiruwal (Teruel), límite del distrito de Santaver (ajir amal Sant Bariya); acampada o mahallat Salis, vecina de la fortaleza o hisn al-Sahla del distrito de los Banu Razin, acampada o mahallat L.nga, vecina de la fortaleza de Calamocha (hisn Qalamusa), hisn al-Rayahin, también en el distrito de los Banu Razin, Mary Taw.b.r, que era una de las alquerías sobre el río (al-wadi), cerca de Daroca (Daruqa); acampada de Mulah (Muel) sobre el río Huerva (nahr Baltas) también en el distrito de Zaragoza, atalayas o tali wart (Cuarte) sobre el río Huerva, a cuatro millas de Zaragoza, y , finalmente, al-yazira, junto al Ebro (nahr Ibruh), a las puertas de Zaragoza.

Para la historiografía de Mira, lo interesante son los dos topónimos sin identificar entre las jornadas de bury al-Qabdaq (Caudete de la Fuentes) y Landit (Landete), es decir, al-Batha y Rub.wa. Ambos lugares son descritos como fronterizos entre sí, el primero formando parte de la división territorial de la cora de Valencia (kurat Balansiya) y el segundo de la cora de Santaver (kurat Sant Bariya). Con estos datos y sabiendo el carácter fronterizo que siempre ha tenido la Sierra de Mira en la historia, se podría especular que la sierra ejerció de frontera natural y que los lugares mencionados podría ser ubicados en diferentes vertientes del sistema montañoso.

A nivel etimológico, algunos investigadores han sugerido que Villarejo Rubio, antiguo caserío situado en Garaballa, podría ser Rub.wa. Otras investigaciones han apuntado una posible relación con las Casillas de Ranera, pedanía de Talayuelas. Para al-Batha sin embargo, no se ha sido capaz de encontrar ningún topónimo relacionado. Personalmente creo, que al-Batha debería ser ubicada en la vertiente sur, sureste, en el triángulo formado por Camporrobles, Sinarcas y Aliaguilla, siendo el Molón de Camporrobles un lugar con bastantes posibilidades. Rub.wa por su parte, estaría ubicada en la vertiente norte, noroeste, en una L invertida entre Mira, Garaballa y Talayuelas, siendo Villarejo Rubio una localización con altas probabilidades, tanto por su ubicación, como por su cierta similitud etimológica. Entre las diferentes opciones para cruzar la Sierra de Mira, el paso por el territorio de Mira sería una opción, pasando por la vega del río Mira, para luego remontar su cauce encajonado, aunque practicable, en dirección noreste hasta Landete.

Otro dato interesante, es que en fechas similares al paso de Abdarrahman III, se produce el final de la ocupación islámica en la fortificación del Molón de Camporrobles. Su abandono queda corroborado por los trabajos arqueológicos realizados por Universidad de Alicante, que confirman la completa ausencia de las características producciones clásicas de época califal, pudiendo ser relacionado con la represión ejercida por el califa Omeya a su paso por estas tierras o sus posteriores consecuencias. Su despoblamiento coincide con la formación de otros asentamientos caracterizados por la  presencia de un material cerámico de gran uniformidad, bien registrado en el cercano Molón II de Mira, que ejercería, desde ese momento, el control sobre la vega y los llanos de la Cañada de Mira.


En resumen, no podemos confirmar el paso de las huestes califales por el territorio de Mira, pero si su carácter fronterizo entre divisiones territoriales, como pasa en la actualidad y como también ha pasado en varios momentos de su historia.

BIBLIOGRAFÍA:
- El califato de Córdoba. Joaquín Vallvé
- Un itinerario de Córdoba a Zaragoza en el siglo X. Jesús Zanón
- Dinámicas de ocupación y transformación del territorio medieval del alto tajo. Joaquín Checa Herraiz.
- El Molón (Camporrobles, Valencia). Un poblado de primera época islámica. A.J. Lorrio, Sánchez de Prado.

El aeródromo de Mira/Camporrobles


En el inicio de la Guerra Civil Española, la mayor parte de las fuerzas aéreas estaban controladas por el bando republicano, lo que le garantizó al Gobierno la superioridad aérea en gran parte del país durante los primeros días del conflicto. La situación cambiaría a partir de julio de 1936, cuando el bando nacional recibe los primeros Junkers Ju-52 alemanes y Savoia SM-81 italianos, y sobre todo con la entrada en servicio en agosto de los cazas Fiat CR-32 y Heinkel He-51. No sería hasta el octubre de 1936, cuando se restablecería un equilibrio de fuerzas entre los contendientes, gracias a la llegada de unos cien aviones soviéticos para el bando republicano. En su mayoría, eran cazas Polikarpov I-15 «Chatos» y Polikarpov I-16 «Mosca», que por entonces eran los más veloces de toda Europa.

A medida que fue avanzando la contienda, ambos bandos se vieron en la necesidad de incrementar el número de aeródromos con el objetivo de dispersar los posibles ataques del enemigo. En la provincia de Cuenca, el bando republicano tan solo contaba con un aeródromo y esto obligó que en un breve periodo de tiempo se tuvieran que construir un gran número de campos de aviación, en muchos casos muy básicos, pero suficientes para permitir el aterrizaje y despegue de los aviones. En este contexto se construyó el Aeródromo de Mira/Camporrobles,

Hay que aclarar que aunque siempre se le llamó oficialmente Aeródromo de Camporrobles, las principales instalaciones; como las pistas y varios edificios, se encontraban en el municipio de Mira, más concretamente en los parajes de El Morterón y El Atascadero de la Cañada de Mira. Entendemos que se llamó así por la proximidad de las instalaciones con el pueblo de Camporrobles y por ser esta población punto importante para el transporte de alimentos y material hasta Madrid. En la localidad terminaba el primer tramo del ferrocarril hasta Madrid, y desde allí, se transportaban todos los alimentos y pertrechos en camiones hasta la provincia de Cuenca, para después cargarse nuevamente en trenes hasta la capital.

Desconocemos la fecha de su construcción, pero si sabemos que el aeródromo ya estaba operativo en Junio de 1937, gracias a un informe de la sección de información del Estado Mayor del Aire del bando nacional. En él un prisionero lo describe como un campo rectangular de 970m de largo por 1115m de ancho, sin pistas balizadas, donde se aprovechaba sin más los excelentes llanos existentes de barbecho y pastizal. También relata que no había una dotación fija de aviones, sino que ocasionalmente estacionaban algunas unidades de bombarderos y de “Natachas”.

Posteriormente, a partir de noviembre de 1937, los acontecimientos de la guerra obligan a realizar varias mejoras en el aeródromo, para que las escuadrillas de la aviación republicana comiencen a llegar por primera vez con fines bélicos para realizar misiones de bombardeo y observación. En ese momento el campo contaría con una caseta de guardia, una estancia para pilotos, una caseta de mando y un pabellón de tropa. Hacia el sur había un polvorín y otras dos instalaciones de este tipo ubicadas en un radio de tres kilómetros.

Fotografía aérea del aeródromo realizada el 26 de junio de 1938

El patrón arquitectónico de los edificios construidos fue calcado en varios aeródromos republicanos de la zona. La caseta de mando del aeródromo de Mira/Camporrobles era igual a la caseta de mando que encontramos en otros aeródromos, como el de Utiel.

Como sistema antibombas se construyó un refugio de ocho metros de profundidad con capacidad para 150 personas y otros seis más elementales alrededor del campo con capacidad para proteger de ametrallamientos. En la cumbre del Molón se situó una caseta de puesto de observación.

En la población de Camporrobles, cuatro casas fueron destinadas para alojamiento de personal con capacidad para 300 personas.

En los primeros meses de 1938 la provincia de Cuenca ya contaba con un total de veinticinco aeródromos en servicio. A nivel organizativo, en la provincia hubo tres regiones: la 1ª Región Aérea Republicana que incluia la mayoría de los aeródromos, la 7ª Región Aérea con aeródromos como el de Mira/Camporrobles y la 4ª Región Aérea.


Varias acciones bélicas fueron llevadas a cabo desde el aeródromo de Mira/Camporrobles, siendo la más conocida la que se realizó el 2 de junio de 1938, cuando nueve bimotores Tupolev SB–2 “Katiuskas” y tres cazas PolikárpovI-16 “Moscas” de la 3ª escuadrilla de Grupo 24, iniciaron desde Mira/Camporrobles una importante operación para bombardear el aeródromo de La Cenia (Tarragona), base de operaciones de la Legión Cóndor, que en esos momentos albergaba dos escuadrillas de monoplanos Messerschmitt Bf 109 B, otras dos escuadrillas de biplanos Heinkel He 51, el veterano de Elsa y una patrulla de Junkers Ju 87 y He 45.

Bombardero ruso Tupolev SB–2, conocido como Katiuska.

La operación republicana fue encabezada por el jefe de escuadrilla, Anselmo Sepúlveda, pero antes de llegar a la altura del pueblo de Sant Rafael del Río, fueron descubiertos por las baterías antiaéreas formadas por piezas de 88 y 37mm que defendían la zona. Un Tupolev SB–2 fue tocado y tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en un aeródromo situado entre Castellón y Benicasim. Un segundo bombardero fue derribado cuando sobrevolaba San Mateo. Paralelamente salieron del aeródromo de La Cenia varios BF 109 para rechazar el ataque y perseguir a los republicanos, hecho que causó el derribo de dos aparatos en Torreblanca y Alcora, y dañar a un tercero que consiguió llegar a Sagunto pero con los motores apagados e incendiados. A pesar del fracaso de la operación, los republicanos consiguieron destruir alguna unidad BF 109 estacionada en el aeródromo de La Cenia.

Restos de un BF 109 destruido por los republicanos el 2 de Junio de 1938.

Un hecho poco conocido y con una participación del aeródromo de Mira/Camporrobles menos relevante, fue el bombardeo por error del territorio francés realizado por los republicanos. Esto ocurrió el 5 de junio de 1938, cuando una escuadrilla republicana del grupo 24 salió del aeródromo de Banyoles con la misión de bombardear un objetivo en Llavorsi, municipio Ilerdense en manos de los nacionales muy próximo de la frontera con Francia. Según la versión de dos aviadores que participaron en el hecho, la misión se tuvo que cancelar por una densa capa de nubes que no permitía la localización del blanco. Antes de volver, la escuadrilla lanzó todas las bombas, una acción habitual con el objetivo de aterrizar sin ellas y así evitar graves accidentes. Al día siguiente se enteraron de que habían bombardeado Francia sin querer, en concreto un terreno montañoso cerca de los pueblos de Ax-les-thermes y d´Orgeix, situados a 30 kilómetros de la frontera. El incidente no provocó ninguna víctima, solo el corte de una línea de tensión. Con anterioridad había ocurrido un caso similar en la población francesa de Cerbère, pero este segundo caso supuso un mayor impacto en la sociedad francesa, provocando que el primer ministro francés, que también ocupaba la cartera de Defensa Nacional, visitara la zona donde se había producido el ataque. La prensa francesa otorgó al incidente una posición privilegiada en sus ediciones y dependiendo de la ideología del periódico la autoría apuntaba a un bando u otro. En España, cada contendiente hizo lo mismo. El Gobierno no quería que la situación se le fuera de las manos, por lo que su máximo dirigente viajó al lugar del bombardeo para tranquilizar a la población y hacer ver que se tomaban las medidas necesarias para detener estos ataques. La escuadrilla causante del alboroto fue trasladada el día 7 de junio de Banyoles al aeródromo de Mira/Camporrobles.

Varios titulares en la prensa francesa de la época.

Con el inicio de la Batalla del Ebro, todas las unidades republicanas fueron trasladadas a los campos de aviación de Cataluña y el aeródromo de Mira/Camporrobles aunque en servicio, dejó de ser útil desde el punto de vista estratégico el 25 de julio de 1938.

El 1 de abril de 1939 se da por finalizada la guerra y el mando nacional decide mantener operativos algunos aeródromos, de entre ellos el de Mira/Camporrobles. Un año más tarde, en 1940, se formalizó un contrato de arredramiento con los propietarios de las fincas afectadas por la ocupación. El ejército del aire pagó una renta anual al conjunto de los propietarios de 5.314,24 pesetas. Como ejemplo, Crescencio Sierra Nieto, vecino de Mira y propietario de una parcela en el paraje de El Atascadero de 2.662m², recibió quince pesetas con noventa céntimos anuales.

En 1948 el ejército del aire decidió disminuir el gasto anual y varias parcelas fueron devueltas a sus propietarios, reduciendo el perímetro del aeródromo. Esto causó que se formalizara un nuevo contrato global, reduciendo el alquiler anual a 1814,95 de pesetas

Se supone que entre 1948 y 1956/57 se realizó algún tipo de reformas en el campo. Aunque no hay documentación que lo confirme, varios croquis sin fecha y las fotografías aéreas realizadas por los Estados Unidos en 1956/57, muestran al aeródromo con dos pistas en forma de cruz bien delimitadas con balizas que anteriormente no existían. Es de suponer que fuera consecuencia de la disminución del perímetro realizado en 1948.

Croquis sin fecha con las pistas en forma de cruz.

Fotografía aérea de 1956/57 donde son visibles las pistas en forma de cruz.

El 15 de Julio de 1965 supondrá el fin del aeródromo, cuando la jefatura de la región aérea de Levante decide suprimir el despliegue militar en el aeródromo, cancelar el arrendamiento y devolver las parcelas a sus titulares.

En la actualidad, muchas de las instalaciones han desaparecido por completo: las pistas, los refugios, la estancia para pilotos o el pabellón de tropa, sin embargo hay otras, que aunque en bastante mal estado, todavía son visibles; como el antiguo polvorín o la caseta de mando. Las únicas instalaciones que se mantienen relativamente completas es la caseta de puesto de observación del Molón y una caseta de guardia, actualmente conocida como casilla de Juan Serrano.

Restos del antiguo polvorín

Interior del polvorín

Restos de la caseta de mando. Fotografía de Álvaro García Lava

Puesto de observación del Molón

 Caseta de guardia

Imagen aérea actual con las localizaciones

Según la memoria de los vecinos de La Cañada de Mira, el refugio principal, que fue lugar de juegos y aventuras para muchos niños, estuvo accesible más o menos hasta la década de los años 80, cuando el propietario de la parcela donde estaba ubicado, decidió taparlo para poder plantar más viñas.


BIBLIOGRAFÍA:
-    L' aerodrom de la Senia 1937-39. Heribert Garcia i Esteller
-    La legión Cóndor en 1938. Jesús Salas Larrazábal
-    Historia de la Aviación Española.
-    Archivo histórico del ejército del aire.
-    Varios artículos publicados en el diario Levante por José Ferrer.